Bolivia: el movimiento lucha sin descanso desde hace semanas, ¿cómo puede ganar?

Por: Enrique Rodriguez Pamanes

Las ciudades de La Paz y El Alto llevan semanas inundadas de marchas, enfrentamientos con la policía, huelgas y bloqueos, desencadenados por la lucha contra las medidas de austeridad y la inflación. Ahora, la lucha ha ido más allá de estas demandas y exige la caída del gobierno de derecha. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí y hacia dónde se dirige el movimiento?

Más de 120 personas han resultado heridas y al menos siete han muerto a causa de la represión policial desde que el movimiento comenzó el Primero de Mayo. Un hombre, gritando en la calle, capturó el estado de ánimo popular, diciendo:

“¡Compañeros! ¡Ya hemos dicho que basta! … ¡No queremos más explotadores! En Bolivia no necesitamos explotadores. En Bolivia no debería haber explotadores ni explotados. Lo que queremos es progreso para todos. Y quiero decirle al pueblo de Bolivia que, si vamos a avanzar, tenemos que avanzar hasta el fin».

Este movimiento es una imagen inspiradora para millones de personas a nivel internacional. Los informes sobre trabajadores y campesinos que ocupan cuadras enteras de la ciudad se siguen de cerca y plantean la pregunta de quién dirige realmente la sociedad. El sábado pasado, el convoy del ministro de Obras Públicas, Mauricio Zamora, sufrió una emboscada cuando se dirigía a supervisar el desmantelamiento de los bloqueos. Trabajadores y campesinos lo apedrearon y le lanzaron cartuchos de dinamita. Zamora huyó por un camino de tierra, solo para sufrir otra emboscada antes de escapar. El Estado está movilizando ahora excavadoras y al ejército para despejar los bloqueos que han paralizado el comercio por valor de millones de dólares.

Pero los videos y las fotos no cuentan toda la historia. Esta es una lucha que se ha venido desarrollando durante años.

Paz el Incapaz

El presidente boliviano Rodrigo Paz ganó las elecciones bolivianas el pasado noviembre. Su luna de miel fue casi inexistente. Como escribimos en el momento de su elección:

«Aun así, por ahora la población está a la espera: tienen muchas expectativas del gobierno entrante; solución a la crisis, trabajo, seguridad, un futuro para sus hijos. Podemos decir ya ahora que todas estas expectativas se verán defraudadas. Todos los economistas burgueses están de acuerdo que lo que le toca a Bolivia ahora es el ajuste: «años difíciles». Se vienen ataques a toda una serie de conquistas obtenidas en el pasado.»

Estos ataques no se tardaron en llegar. En diciembre, el Estado eliminó los subsidios a los combustibles, con lo que el precio de la gasolina subió un 84 por ciento y el del diésel más del 100 por ciento (de 3,72 a 9,80 Bs. por litro).

Además de esto, la gasolina y el diésel que ahora se importan son de mala calidad y han dañado miles de automóviles. Los trabajadores están pagando más y recibiendo basura. Paz prometió arreglar la economía, pero ha empeorado las cosas a un ritmo vertiginoso

Su gobierno no llegó al poder porque la gente quiera austeridad, sino porque el partido tradicional de los trabajadores y los campesinos, el Movimiento al Socialismo (MAS), se ha fracturado.

En el poder durante casi 20 años, el MAS solía ganar las elecciones por amplios márgenes. Sus programas de reformas redujeron drásticamente la pobreza y aumentaron el nivel de vida. Pero su programa nunca rompió con el capitalismo y se basaba en aumentar los ingresos por regalías del gas y la minería. Cuando el precio de estas materias primas cayó en la década de 2010, también lo hizo el presupuesto del Estado, y atacaron obedientemente a los trabajadores, llegando incluso a oponerse a las demandas de salarios mínimos más altos y a llamar a los trabajadores en huelga «peones de la derecha».

Como resultado, el MAS perdió popularidad, preparando el terreno para el desastre electoral de 2025.

Las divisiones entre los líderes del MAS, Evo Morales y Luis Arce, dividieron aún más al partido. Esto deja un enorme vacío político en la izquierda boliviana, justo cuando la crisis mundial del capitalismo está destrozando la economía boliviana.

La segunda vuelta de las elecciones presidenciales fue una elección directa entre Paz y Tuto Quiroga, un representante abierto de la oligarquía reaccionaria boliviana. Muchos votaron por Paz solo para mantener a Quiroga fuera, ya que Paz se presentó conscientemente como la figura más moderada y centrista.

La chispa del movimiento actual

 

La lucha actual fue catalizada por la promulgación del decreto 1720, que tenía como objetivo privatizar las pequeñas propiedades e incorporarlas a otras más grandes. Esto es difícil de lograr en un país como Bolivia, donde existen fuertes tradiciones revolucionarias de defender la tierra contra tales ataques. En cambio, al eliminar las restricciones para que la tierra se utilizará como garantía para préstamos, esperaban apropiarse de estas tierras poco a poco a medida que los campesinos arruinados inevitablemente dejarán de pagar.

 

Bolivia tiene una de las distribuciones de la tierra más desiguales del mundo. Actualmente hay entre 500.000 y 600.000 pequeños agricultores que representan el 84 por ciento de las explotaciones agrícolas en Bolivia, pero que ocupan menos del 3 por ciento de la tierra. Estos pequeños propietarios producen la mayor parte de los alimentos que se consumen internamente. Esto se debe a que los grandes terratenientes —que representan el 1,2 por ciento de las explotaciones agrícolas— poseen el 80 por ciento de la tierra y la utilizan para cultivos comerciales como la soja y la caña de azúcar. Por lo tanto, de aplicarse, el decreto 1720 destruiría la soberanía alimentaria de Bolivia.

La principal federación sindical, la Central Obrera Boliviana (COB), se había visto sometida a una enorme presión tras su mediocre acuerdo durante la campaña contra el aumento de los combustibles en diciembre. El líder de la COB, Mario Argollo, decidió firmar apresuradamente un acuerdo con el gobierno para revocar el aumento del combustible, en un momento en que las movilizaciones iban en aumento y él se encontraba en una posición fuerte para exigir mucho más. Por ello, fue duramente criticado y, en los meses siguientes, enfrentó reacciones adversas desde dentro de la COB.

El aumento de los costos del combustible debido a la guerra en Irán hizo que la inflación se disparara al 20 por ciento a principios de año. La COB, bajo una presión implacable, convocó un ampliado nacional, o una asamblea a gran escala, el Primero de Mayo en La Paz contra el decreto 1720. Esto coincidió con una marcha de 1.100 kilómetros de miles de campesinos indígenas de los territorios amazónicos de Beni y Pando, que tenían previsto llegar a La Paz ese mismo día. Ambos organismos exigieron aumentos salariales para combatir la inflación, junto con grupos campesinos que pedían la derogación del decreto 1720. La COB convocó entonces una huelga general indefinida, y representantes de diez de las organizaciones más grandes del país firmaron un «Acuerdo de Unidad y Lealtad» con el objetivo de derrocar al gobierno de Paz.

Esta vez, las masas no estaban dispuestas a aceptar el tipo de acuerdo alcanzado durante la campaña contra el aumento de los combustibles, y su radicalismo y militancia rápidamente dejaron de lado a los líderes de la COB. Cuando Argollo convocó una huelga general indefinida el 1 de mayo, probablemente pensó que sería solo otra movilización, una de las muchas que tienen lugar en el país. Calculó mal, un hecho que él mismo tuvo que admitir la semana pasada, al decir que «las bases han arrollado a la dirección».

El problema es que no hay nadie que pueda reemplazar a estos líderes ofreciendo una alternativa clara. No existe un programa unificador, y el nivel de organización entre las masas es muy limitado, y de naturaleza casi totalmente espontánea, dada la incapacidad de los líderes actuales para tomar cualquier iniciativa real.

Cada día hay más casos de líderes que firman acuerdos con el gobierno a espaldas de sus bases, solo para ser posteriormente repudiados y rechazados por las masas, que ya no están dispuestas a dejarse llevar por el camino que les marquen. La COR en El Alto, las FEJUVEs y la CSUTCB son solo algunos ejemplos de sindicatos en los que líderes egoístas y autoproclamados han firmado recientemente acuerdos a espaldas de sus bases, pensando que podrían seguir comportándose con impunidad como lo habían hecho en el período anterior.

En Bolivia existe una tradición de utilizar marchas masivas y bloqueos como moneda de cambio para arrancar concesiones, con líderes que emplean una retórica que suena muy radical, pero sin la perspectiva más amplia de tomar el poder político. Tratan al movimiento como una llave que se puede abrir y cerrar a voluntad.

El Estado ha emitido órdenes de captura contra los líderes de la COB, quienes se han visto obligados a pasar a la clandestinidad. Esto solo echará más leña al fuego y no resolverá ninguna de las contradicciones que se expresan en las calles.

Divisiones de clase en el movimiento

Una de las principales debilidades de la actual ola de lucha es que los líderes de la COB lanzaron una huelga general sin haber llevado a cabo los preparativos políticos y organizativos necesarios para ella. Así, el movimiento se ha centrado en la capital, sin huelgas ni movilizaciones reales en las principales ciudades y centros proletarios fuera de ella. Varios de los sindicatos departamentales de la COB (COD) no se han sumado al movimiento y ni siquiera han convocado manifestaciones de solidaridad.

Los informes desde el terreno muestran confusión en lugares fuera de La Paz y El Alto, donde la participación en el movimiento ha sido mínima y ni siquiera se realizaron concentraciones del Primero de Mayo. Muchos de los líderes de la COB se dirigieron a La Paz y descuidaron la organización en sus distritos de origen, por lo que las manifestaciones del Primero de Mayo en ciudades como Cochabamba quedaron desiertas.

Esta falta de un lema coherente, de un programa y, en definitiva, de una dirección, permitió que el vacío fuera llenado por elementos externos.

La mayoría de los extranjeros que seguían el evento en las redes sociales probablemente vieron a mineros marchando por las calles. Lo que no saben es que se trata en su mayoría de cooperativistas de la Federación Departamental de Cooperativas Mineras (Fedecomin).

Los cooperativistas suman entre 100.000 y 120.000 a nivel nacional. Son trabajadores precarios contratados por día que no tienen los mismos derechos ni prestaciones que los mineros de la COB. La Fedecomin no es un sindicato, sino una federación de patronos. Este bloque actúa políticamente en interés de los propietarios, desde los pequeños hasta los grandes, muchos de los cuales han amasado fortunas con la minería de oro. La Fedecomin suele estar en desacuerdo con la COB y la clase trabajadora en general. Sus demandas eran mayores subsidios al combustible, la desregulación de la minería y una mayor privatización del sector minero.

 

Los mineros de la COB, considerados la vanguardia de la clase trabajadora y que han estado al frente de las luchas más titánicas, no salieron en gran número al inicio del movimiento. La COB organiza a entre 10.000 y 15.000 mineros asalariados de la empresa estatal COMIBOL, y están agrupados en la poderosa Federación Sindical de Mineros (FSTMB).

La COB exige la nacionalización y una mayor regulación para defender su salud y el medio ambiente. La Fedecomin se ha pronunciado en contra de los aumentos del salario mínimo, ya que eso significaría que tendrían que pagar más a sus trabajadores, aunque la mayoría de ellos ni siquiera están bajo la protección de las leyes laborales, carecen de prestaciones y cobran menos del salario mínimo.

Los líderes de los cooperativistas llegaron a un acuerdo con el Estado hace dos semanas, que les otorgó mayor permiso para extraer minerales en áreas protegidas y les condonó sus millones de bolivianos en deuda con la autoridad nacional de salud, la Caja Nacional de Salud (CNS). Esto ha llevado a la CNS a declarar un estado de emergencia, ya que el dinero que se esperaba recibir se evaporó de repente.

Lo más increíblees que cuando se le preguntó al presidente de Fedecomin-Potosí, Óscar Chavarría, si sus mineros ayudarían a despejar los bloqueos de la COB y de los indígenas, él respondió: «Podríamos. Como saben, Fedecomin-Potosí es grande y podríamos usar nuestro poder de esa manera».

Cuando se le preguntó sobre el lema «Fuera Rodrigo Paz», añadió:

«No estamos de acuerdo con eso, y tampoco lo están otras cooperativas que se están manifestando. Para nosotros no es político… como saben, la COB y otras instituciones se han aprovechado de esto para ponerlo político, pero nosotros no. Y como hemos dicho, no vamos a permitir que el antiguo gobierno vuelva a este país».

Los mineros que marchan bajo las banderas de Fedecomin son gente honesta, y están siendo explotados por los mismos que hacen tratos a escondidas con el presidente. La COB debería aprovechar esta oportunidad de oro para separarlos de sus líderes y organizarlos dentro de la COB, en lugar de dejarlos a merced de los patrones

Por ahora, la huelga y el movimiento están completamente fuera del control de la COB. La Fedecomin y otros sectores han llegado a acuerdos, pero al momento de escribir este artículo, las manifestaciones continúan en la capital y los bloqueos siguen en pie, exigiendo la caída del gobierno.

Déjà vu

Bolivia tiene una orgullosa tradición revolucionaria. El siglo XX comenzó con una ola de movimientos insurreccionales de la clase trabajadora, los campesinos y los indígenas, que se inició con la «Guerra del Agua» en Cochabamba en 1999-2000.

En esa lucha victoriosa, los trabajadores y los campesinos desafiaron los intentos de privatización del agua mediante una serie de levantamientos.

Luego vinieron las dos «guerras del gas» en febrero y octubre de 2003 y en mayo-junio de 2005. Estos fueron movimientos insurreccionales desencadenados por la demanda de la nacionalización del gas. La masa de trabajadores y campesinos paralizó el país con bloqueos de carreteras y una poderosa huelga general. Los edificios del gobierno fueron rodeados por mineros armados con dinamita. El presidente se vio obligado a renunciar.

La COB podría haber tomado el poder, e incluso habló de ello en sus propias declaraciones. Sin embargo, no lograron llevar la situación a su conclusión lógica.

Esta radicalización de masas condujo finalmente a la victoria electoral del MAS. Tomaron el poder político, pero sin romper con el capitalismo. Veinte años después, volvemos a una situación similar de alta inflación y un nivel de vida en descenso. La lección del pasado es clara: o el movimiento de los trabajadores y los campesinos toma el poder, o será reprimido hasta someterlo y se perderá la oportunidad.

El estado actual de bloqueos y movilizaciones no puede durar para siempre. El Estado ha utilizado concesiones, incluso aquellas que no puede pagar, para comprar a sectores del movimiento. Están usando la zanahoria, pero también el palo al mismo tiempo.

Paz advirtió recientemente que el país está «al límite» tras un mes de protestas, y el Congreso votó recientemente para facilitar que el presidente declare el estado de emergencia y utilice al ejército para recuperar el control. Pero el gobierno sigue débil, sin querer arriesgarse a empujar al movimiento hacia adelante con una reacción total. Avanza tímidamente, aunque en las calles de La Paz y El Alto siguen golpeando a los trabajadores y disparando gases lacrimógenos.

Podemos estar seguros de que los trabajadores de Argentina, Chile, Ecuador, Perú, etc., están observando de cerca este movimiento, ya que se enfrentan a los mismos problemas de inflación y colapso económico. El movimiento puede haber comenzado en condiciones no ideales, pero ahora no pueden detenerse a mitad de camino. La COB debe ampliar la lucha.

Para consolidar y unificar las protestas, es esencial desarrollar una plataforma única de demandas: ¿por qué estamos luchando? Las demandas de los diferentes sectores deben unirse en una sola lucha, exigiendo: aumentos salariales e indexación automática de precios y salarios; el fin de la represión, la retirada de las órdenes de detención y el castigo a los responsables; la reversión del aumento del precio del gas, y medidas para que los ricos paguen por la crisis.

Bolivia es un país rico: en minerales, biodiversidad y agricultura. Sus tierras fértiles podrían alimentar a países enteros de América del Sur. Pero los capitalistas y los imperialistas están convirtiendo el país en un infierno en la tierra. En última instancia, la cuestión hoy es la misma que en la década de 2000: ¿tomarán el poder los trabajadores o ganará la reacción? En definitiva, no hay otro camino a seguir.

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