Por: Adam Booth
Si se pidiera nombrar a dos economistas famosos, es probable que las respuestas más habituales del público en general fueran Adam Smith y Karl Marx (quizás seguidos por John Maynard Keynes y Friedrich Hayek).
Al primero se le considera hoy en día el padre del capitalismo de libre mercado; al segundo, el fundador del comunismo. A su vez, los comentaristas burgueses suelen estar llenos de elogios hacia Smith y de desprecio hacia Marx.
Se podría pensar, por tanto, que un océano ideológico separa a estos gigantes influyentes de las ciencias sociales. Sin embargo, en realidad forman parte del mismo linaje teórico: el de la «economía política».
Cuando se les presiona, incluso los defensores más acérrimos del libre mercado se ven obligados a reconocer este hecho: este origen común entre pensadores aparentemente inconexos —y aparentemente diametralmente opuestos—.
Según la publicación liberal The Economist, por ejemplo, las ideas de Smith «desviaron la atención de los economistas durante décadas y sentaron las bases del marxismo».
«Sin Smith, no habría habido Marx», concluyen críticamente los autores de la revista.
Pero, ¿cómo puede ser esto? ¿Un nombre sinónimo de la «mano invisible» del mercado capitalista allanó realmente el camino para las ideas revolucionarias del marxismo?
Este mes se cumple el 250.º aniversario de la obra más célebre de Adam Smith, La riqueza de las naciones, que se publicó por primera vez el 9 de marzo de 1776.
Al mismo tiempo, el sistema capitalista se hunde cada vez más en una crisis insoluble, con burbujas, deuda y guerra causando estragos en la economía mundial.
Nunca ha habido, por tanto, un momento más adecuado para examinar estas cuestiones y explorar los orígenes, la evolución y la relevancia de la economía marxista —desde Adam Smith hasta El capital.
Economía política
Karl Marx y Friedrich Engels no desarrollaron sus ideas —las ideas del socialismo científico— en el vacío. Más bien, sus conclusiones teóricas fueron una síntesis de las ideas más avanzadas de su época, mediados del siglo XIX.
Esto incluía el núcleo revolucionario contenido en la filosofía dialéctica de Hegel; las audaces visiones de los socialistas franceses; y el enfoque científico de los economistas «clásicos» —entre los que destacaban, ante todo, figuras como Adam Smith y David Ricardo en Gran Bretaña.
La economía había evolucionado como una disciplina propia y diferenciada con el auge del capitalismo. En aquella época se conocía como «economía política».
Al igual que los científicos de otros campos buscaban descubrir las leyes de la física, la química y la biología, y explicar los fenómenos del mundo natural, también estos economistas intentaban desentrañar el funcionamiento interno y la dinámica subyacente del sistema capitalista, a través del estudio y la investigación.
El escocés Adam Smith (1723-1790), hijo de la Ilustración, representó la cúspide de esta tradición en su época. Fue un pionero de la economía política en el siglo XVIII: un periodo en el que la sociedad capitalista estaba experimentando una transformación dramática, con la Revolución Industrial.
Fue gracias a estas condiciones cambiantes que Smith pudo ir más allá que sus predecesores. Es importante destacar que fue el primero en formular un «sistema de economía política» coherente y exhaustivo, como lo expresó Marx, dando crédito a quien se lo merecía.
Para cuando Smith escribía, el capitalismo había crecido y madurado. En Gran Bretaña, la industria y las ciudades habían llegado a dominar sobre la agricultura y el campo. Las fábricas y la maquinaria proliferaban, y las filas de la clase trabajadora se expandían rápidamente. El colonialismo y el comercio internacional, por su parte, habían comenzado a establecer un mercado mundial.
Todo ello puso de manifiesto, con mayor claridad y contraste, las fuerzas, tendencias y relaciones esenciales que actuaban en la economía; presiones y procesos objetivos que podían examinarse y comprenderse científicamente.
Escuelas de pensamiento
Esto es lo que Smith, más que nadie antes que él, se propuso lograr, marcando los inicios de la escuela «clásica» de economía.
En particular, buscó responder a una de las preguntas clave que había desconcertado a los economistas a lo largo de los siglos: ¿de dónde viene la riqueza? ¿Qué hace rica a una nación?
Las escuelas de pensamiento económico anteriores, en este sentido, estaban moldeadas —y limitadas— por su propio entorno.
Los «mercantilistas» del siglo XVII, por ejemplo, observaban una economía capitalista incipiente, aún dominada por el capital mercantil (en contraposición al capital industrial). Para ellos, por lo tanto, la riqueza parecía derivarse principalmente del comercio.
En su opinión, una nación se enriquecía exportando bienes, acumulando oro y plata, e invirtiendo estos recursos en la industria nacional. Esta es la razón por la que, hoy en día, el término «mercantilismo» se oye a menudo en relación con los intentos de crear una balanza comercial favorable y con las medidas económicas proteccionistas que lo acompañan, como los aranceles y las cuotas de importación.
Del mismo modo, los «fisiócratas» franceses del siglo XVIII escribían en una época —y un lugar— en que la agricultura era dominante. La manufactura y la industria en Francia seguían siendo periféricas en ese momento. La gran mayoría de la población trabajaba en el campo. Y sus productos eran desviados del campo hacia los palacios y los bolsillos del ancien régime.
Por esta razón, los fisiócratas —entre ellos François Quesnay (1694-1774), empleado de la realeza francesa y residente en Versalles— creían que la tierra y la producción agrícola eran la fuente de toda riqueza. Todo lo demás y todos los demás en la sociedad, incluida la nobleza, pero también los fabricantes y artesanos urbanos, se consideraban improductivos y parasitarios; dependientes del trabajo del campesinado.
Así se encontraba aproximadamente la economía política en 1776, cuando Adam Smith publicó su Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.
División del trabajo
Como sugiere el título, la obra maestra de Smith se centraba en investigar los factores que hacían ricos a los países capitalistas y a sus habitantes —sobre todo a la burguesía—.
«Explicar en qué ha consistido la renta de la gran mayoría del pueblo, o cuál ha sido la naturaleza de esos fondos que, en diferentes épocas y naciones, han sufragado su consumo anual»: este era el objetivo que Smith se fijó.
Smith comienza La riqueza de las naciones, en este sentido, analizando el concepto de la división del trabajo: cómo la combinación de especialización y cooperación aumenta la eficiencia y la productividad de la mano de obra.
Ilustra esta idea con su famoso ejemplo de una fábrica de alfileres.
« «Un hombre estira el alambre, otro lo endereza, un tercero lo corta, un cuarto le da forma de punta y un quinto lo pule en la parte superior para colocar la cabeza», aclara Smith en el capítulo inicial de La riqueza de las naciones. El resultado, explica, es «la mayor mejora en la capacidad productiva del trabajo».
Esta división del trabajo dentro del taller, en la que cada trabajador realiza una tarea especializada, significa que se puede producir más con menos mano de obra. Esto permite a los propietarios de la fábrica de alfileres —o de cualquier otro negocio, por cierto— reducir sus costes, al emplear a menos trabajadores. Y esto, a su vez, ayuda a los empresarios a superar a sus rivales, ganar una mayor cuota de mercado y aumentar sus beneficios.
Lo que es válido para una fábrica concreta, señaló Smith, lo es también para la sociedad en su conjunto. Al igual que tal o cual empresa puede ser más productiva dividiendo las tareas, formando a especialistas cualificados y coordinando la producción, también una economía se vuelve más productiva —y una nación más rica— al dividir la producción en diferentes ramas de la industria.
De manera similar, esta perspectiva también guió el apoyo de Smith al libre comercio (en contra del mercantilismo y el proteccionismo), junto con conceptos liberales posteriores, como la teoría de la «ventaja comparativa» de Ricardo.
En lugar de buscar la autosuficiencia económica y la autarquía, como parte de un juego de suma cero, la sociedad sería más rica en su conjunto —sugerían estos economistas liberales— si cada nación se especializara y comerciara libremente.
Cabe destacar que fue la patria de Smith y Ricardo, Gran Bretaña, como la potencia capitalista más productiva y competitiva económicamente, la que más se beneficiaría de una política de libre comercio. Más concretamente, fueron los industriales británicos quienes más tenían que ganar con el liberalismo económico.
Fuerzas productivas
Respondiendo a la pregunta planteada en el título de su libro, Smith afirma que es, ante todo, «las fuerzas productivas del trabajo» —no el comercio de los mercaderes, ni las montañas de metales preciosos, ni la riqueza legada por la naturaleza— lo que hace rica a una nación.
Además, estas fuerzas productivas pueden aumentarse: a través de la ciencia y la especialización; a través de la tecnología y la técnica; a través de la centralización y la coordinación de la producción.
Por el contrario, Smith explicaba que la Iglesia y la aristocracia, junto con los «cuerpos armados» y los administradores del Estado, son improductivos: una sangría para la economía; sanguijuelas y parásitos que sobreviven chupando una porción de la riqueza producida en la industria.
«El trabajo de algunas de las clases más respetables de la sociedad es, al igual que el de los sirvientes, improductivo de cualquier valor», afirma Smith.
«El soberano, por ejemplo, con todos los funcionarios tanto de la justicia como de la guerra que sirven bajo su mando, todo el ejército y la marina, son trabajadores improductivos. Son servidores del público y se mantienen con una parte de la producción anual de la industria de otras personas».
«Este es el lenguaje de la burguesía aún revolucionaria», explicó Marx en su Teoría de la plusvalía, «que aún no se ha sometido a sí misma a toda la sociedad, al Estado, etc.».
«El Estado, la Iglesia, etc., solo están justificados [por Smith]», continúa Marx, «en la medida en que son comités para supervisar o administrar los intereses comunes de la burguesía productiva; y sus costes… deben reducirse al mínimo inevitable».
En este sentido, Smith y sus ideas fueron un claro producto de su época. Más que nadie, fue el abanderado teórico del ala liberal de la clase capitalista; el defensor de la burguesía industrial ascendente de la época, asestando un golpe contra los vestigios del antiguo orden.
Teoría del valor-trabajo
Smith y los clasicistas vieron correctamente el capitalismo como un sistema basado en la producción y el intercambio de mercancías: bienes y servicios producidos no para el consumo o uso personal, sino para el comercio; para el intercambio en el mercado.
Como Marx señala en la primera frase de El Capital («Das Kapital»): «La riqueza de aquellas sociedades en las que prevalece el modo de producción capitalista se presenta como una inmensa acumulación de mercancías».
Sin embargo, el término «capitalismo» no fue utilizado por Smith ni por otros economistas de su época. En su lugar, él y sus colegas liberales se referían a la «sociedad comercial» de la época.
La etiqueta puede haber sido diferente, pero en esencia describían lo mismo: una economía basada en el mercado y el comercio de mercancías. Y fueron las fuerzas que regían el movimiento de dichas mercancías lo que Smith y los economistas clásicos (y más tarde Marx) trataron de explicar científicamente.
La pregunta parecía sencilla. ¿Por qué algunas mercancías son más valiosas —más caras— que otras? Dicho de otro modo: ¿qué determina las proporciones relativas en las que se intercambian los diferentes bienes entre sí?
La respuesta a esto había eludido a generaciones de economistas.
Las escuelas económicas anteriores, como se ha comentado anteriormente, habían identificado formas particulares de actividad económica y tipos concretos de trabajo como productores de valor: el comercio del mercader o el trabajo del campesino.
El gran avance de los estudios de Smith, sin embargo, fue identificar el trabajo en general como la fuente de la riqueza de la sociedad.
«Fue un avance inmenso cuando Adam Smith rechazó todas las restricciones con respecto a la actividad que produce riqueza», comenta Marx en la introducción a su Contribución a la crítica de la economía política. «Para él, era el trabajo como tal, ni el trabajo manufacturero, ni el comercial, ni el agrícola, sino todos los tipos de trabajo».
Esta comprensión fue la base de un avance vital en la economía política: la teoría del valor-trabajo (TVT).
Smith dio con una idea profunda: que el valor de una mercancía determinada viene determinado por la cantidad de trabajo incorporada en ella. En otras palabras, las mercancías se intercambian en proporción al tiempo necesario para su producción.
«En todo momento y lugar, es caro aquello que es difícil de obtener, o cuya adquisición requiere mucho trabajo; y es barato aquello que se puede conseguir fácilmente, o con muy poco trabajo», afirma Smith en La riqueza de las naciones, en un capítulo dedicado a «el precio real y nominal de las mercancías».
«Solo el trabajo -continúa- es el criterio último y real por el que el valor de todas las mercancías puede estimarse y compararse en todo momento y en todo lugar. Es su precio real; el dinero es solo su precio nominal».
Y de nuevo, más adelante en el mismo capítulo: «El trabajo… es la única medida universal, así como la única medida exacta del valor, o el único criterio por el que podemos comparar los valores de diferentes mercancías en todo momento y en todo lugar».
Adam Smith no inventó la teoría del valor-trabajo, cuyo embrión se remonta a la antigüedad, apareciendo, por ejemplo, en los escritos de Aristóteles. Sin embargo, Smith fue el primero en afirmar este concepto de manera tan definitiva y en construir un marco teórico sobre esta base.
Marx felicitó al autor de La riqueza de las naciones por esta importante contribución a la economía política. Para los economistas burgueses de hoy, en comparación, la adhesión de Smith a la teoría del valor-trabajo es una vergüenza; un anatema que preferirían olvidar, rechazar o barrer bajo la alfombra —como demuestra la cita antes mencionada de The Economist.
La camisa de fuerza burguesa
Las ideas de Smith sobre la teoría del valor-trabajo —y sobre la economía política en general— distaban mucho de ser un producto acabado. No obstante, a pesar de sus deficiencias, representaron un cambio de paradigma en el pensamiento económico, sentando las bases para futuras investigaciones.
Entre los economistas clásicos posteriores, fue el inglés David Ricardo (1772-1823) quien desarrolló más las teorías de Smith, llevándolas tan lejos como podían llegar dentro de los límites del pensamiento burgués.
Ricardo fue más riguroso y coherente que Smith en su enfoque científico de las cuestiones económicas, sobre todo en su aplicación de la teoría del valor-trabajo. Esto le permitió realizar importantes avances en materia de economía política.
«Ricardo dio a la economía política clásica su forma definitiva», explica Marx, «habiendo formulado y elaborado con la mayor claridad la ley de la determinación del valor de cambio por el tiempo de trabajo».
En última instancia, sin embargo, Ricardo se topó con un límite, debido a su perspectiva burguesa, que chocaba cada vez más con la realidad.
El capitalismo se había expandido y evolucionado aún más desde la época de Smith, y comenzaba a experimentar crisis agudas y periódicas.
Ricardo —al igual que Smith antes que él, y otros economistas burgueses después— negó que tales crisis fueran posibles. O más bien, afirmaron que estas crisis se debían a diversos «accidentes», no inherentes al sistema capitalista; no implícitos en las leyes del valor y la ganancia. Para ellos, como liberales, el mercado no podía equivocarse.
Por lo tanto, le correspondió a Karl Marx (1818-1883) hacer avanzar la ciencia de la economía: retomar las ideas y supuestos de Smith, Ricardo y los demás economistas clásicos; mostrar las conclusiones lógicas y las contradicciones que se derivaban de ellos; y, a su vez, liberar a la economía política de su camisa de fuerza burguesa.
El enigma de la ganancia
Basándose en la teoría del valor-trabajo y en el poderoso método filosófico del materialismo dialéctico, Marx fue capaz de revelar y exponer las leyes fundamentales que rigen los movimientos y el funcionamiento del sistema capitalista.
En particular, fue capaz de resolver un rompecabezas que había desconcertado a los economistas clásicos: el enigma de la ganancia.
Smith y los clasicistas veían el capitalismo —la «sociedad comercial»— como algo basado en el intercambio de mercancías; es más, en un intercambio justo e igualitario entre individuos, no en el engaño, el robo o el saqueo.
Y, sin embargo, de alguna manera, de este intercambio igualitario surgió la desigualdad. En particular, en el intercambio entre los capitalistas y los trabajadores, los primeros evidentemente terminan con más de lo que tenían al principio.
En otras palabras, la relación entre el capital y el trabajo asalariado evidentemente da lugar a una ganancia, que es apropiada por la clase capitalista. Pero, ¿cómo?
Enredados en nudos
Las propias confusiones de Smith sobre esta cuestión fueron las responsables de enredar a la escuela clásica. Aunque había planteado una teoría del valor-trabajo, lo había hecho de forma burda e inconsistente.
A veces Smith habla, correctamente, por ejemplo, del valor de una mercancía que proviene del tiempo de trabajo invertido en su producción. En otros pasajes, sugiere que el valor de una mercancía es «igual a la cantidad de trabajo que permite [al propietario de la mercancía] comprar o disponer».
Pero estas dos formulaciones no son lo mismo. La primera dice que el valor de cambio viene determinado por la cantidad de trabajo invertido en producir una mercancía dada. La segunda dice que el valor de cambio viene dado por la «cantidad de trabajo vivo que puede comprarse a cambio de esta mercancía», como dice Marx (nuestro énfasis).
La primera es una articulación aproximadamente correcta, pero rudimentaria, de la teoría del valor-trabajo. La segunda, sin embargo, significa que el valor de una mercancía viene dado por el valor del «trabajo» por el que puede intercambiarse. Esto, a su vez, equivale a decir que el valor de cambio de una mercancía se mide en salarios: por el precio del «trabajo» que puede «disponer» y poner en marcha.
Esta segunda definición de valor conduce a una lógica circular. Se dice que el valor de una mercancía viene determinado por el valor del «trabajo» por el que puede intercambiarse. Pero, ¿qué determina el valor de este «trabajo», que es en sí mismo una mercancía, vendida por los trabajadores a los capitalistas?
«Aquí se convierte el valor en la vara de medir y en la base para la explicación del valor», explica Marx, «por lo que nos encontramos ante un círculo vicioso».
Estas dos definiciones de valor corresponden a las diferentes perspectivas desde las que Smith examinaba la cuestión.
La primera se refiere al productor individual de mercancías, que calcula el valor de su mercancía en función del tiempo de trabajo que ha invertido personalmente en ella. La segunda representa el punto de vista del capitalista, que piensa en el valor (o precio) de su mercancía en términos de los costes salariales que ha tenido que pagar para producirla.
Sin embargo, aquí surge una contradicción. En el caso de los productores individuales, que intercambian entre sí, se produce un intercambio equitativo; un intercambio de mercancías que contienen el mismo tiempo de trabajo.
En el caso del capitalista y sus empleados, sus trabajadores asalariados, sin embargo, se observa que los trabajadores generan más valor —incorporado en las mercancías que producen— que el equivalente que el capitalista paga en forma de salarios. Por lo tanto, el jefe o el propietario de la empresa parece obtener más de lo que ha pagado.
Smith reconoció que los beneficios de los capitalistas se derivaban de este hecho. «El valor que añaden los obreros», afirma en La riqueza de las naciones, por ejemplo, «se resuelve… en dos partes, de las cuales una paga sus salarios y la otra los beneficios de su empleador».
Sin una comprensión firme de la teoría del valor-trabajo, sin embargo, Smith fue incapaz de explicar y apreciar plenamente este fenómeno, ni de comprender las conclusiones que se derivaban de él.
Trabajo y fuerza de trabajo
El salto teórico revolucionario de Marx consistió en explicar la diferencia entre trabajo y fuerza de trabajo. En esto radicaba el secreto para comprender el beneficio; y, a su vez, la clave para desentrañar todos los demás misterios del modo de producción capitalista.
¿Cómo desentrañó Marx esta aparente paradoja? Explicando que los trabajadores no venden su «trabajo» a los capitalistas, sino su fuerza de trabajo —es decir, no el producto de su trabajo, sino su capacidad para realizar trabajo.
Esta fuerza de trabajo, a su vez, es una mercancía como cualquier otra: con un valor determinado por el tiempo de trabajo necesario para producir y reproducir a la clase trabajadora. Esto incluye el trabajo necesario para proporcionar la comida, el alojamiento, la ropa, la asistencia sanitaria, la educación, etc., necesarios para mantener a los trabajadores y a sus familias.
Los salarios, por su parte, son el precio de esta fuerza de trabajo; la expresión monetaria de la mercancía que el trabajador vende al capitalista.
A cambio del pago de los salarios de los trabajadores, en otras palabras, el capitalista adquiere la capacidad de una fuerza de trabajo para trabajar durante un tiempo determinado: un mes, un día o incluso una hora. A su vez, el capitalista se apropia de todo el valor producido en este período de trabajo.
Los beneficios de los capitalistas se derivan del hecho de que los trabajadores, en ese tiempo, pueden producir mercancías que contienen más valor que el valor equivalente que sus salarios pueden comprar.
Dicho de otro modo: el valor de uso de la fuerza de trabajo de los trabajadores, el producto que generan en el tiempo por el que el capitalista ha pagado, es mayor que el valor de cambio de esta fuerza de trabajo, los salarios que el capitalista paga a sus trabajadores a cambio de su capacidad para trabajar.
Explotación y lucha de clases
«La roca en la que tropezaban los mejores economistas, siempre que partieran del valor del trabajo», explica Engels en su introducción a El trabajo asalariado y el capital de Marx, «desaparece tan pronto como tomamos como punto de partida el valor de la fuerza de trabajo».
«La fuerza de trabajo es, en nuestra sociedad capitalista actual, una mercancía como cualquier otra, pero sin embargo una mercancía muy peculiar. Tiene, a saber, la peculiaridad de ser una fuerza creadora de valor, la fuente del valor y, además, cuando se trata adecuadamente, la fuente de más valor del que ella misma posee».
Una fuerza de trabajo puede realizar una jornada laboral de ocho horas, por ejemplo. Pero solo le llevará, digamos, cuatro horas producir mercancías con un valor equivalente a su salario; a nivel social, para que la clase trabajadora produzca sus propios medios de subsistencia.
Sin embargo, el capitalista ha comprado su fuerza de trabajo —su capacidad para trabajar— durante todo un día. Por lo tanto, el trabajador no se detiene tras cuatro horas, una vez que ha reproducido su salario, sino que continúa durante las ocho horas completas, hasta el final de la jornada laboral.
Durante las cuatro horas restantes, por tanto, los trabajadores están trabajando efectivamente para el capitalista de forma gratuita. Todo el trabajo que realizan en este tiempo es trabajo excedente, por encima del trabajo necesario para mantenerse.
Y todo el valor que generan en este tiempo es plusvalía —de la que los capitalistas, los terratenientes y los banqueros obtienen sus beneficios, rentas e intereses, respectivamente.
En resumen, los beneficios de los jefes provienen de la explotación de su mano de obra: del trabajo no remunerado de la clase trabajadora.
Esto, a su vez, da lugar a la lucha de clases —en el lugar de trabajo y en toda la sociedad— por este excedente: producido por los trabajadores, pero apropiado por los capitalistas.
Lejos de tener un interés común en la economía, como sugieren los liberales como Smith, una comprensión profunda de la teoría del valor-trabajo lleva a la conclusión política de que los intereses materiales de la clase trabajadora, por salarios más altos y mejores condiciones, son diametralmente opuestos a los de los capitalistas, que buscan mayores beneficios.
Confusiones y contradicciones
Incapaces de resolver las contradicciones en el núcleo de sus ideas, Smith y sus seguidores acabaron adentrándose en una serie de callejones sin salida teóricos y cul-de-sac.
Sus confusiones sobre la cuestión del valor, señaló Marx en El Capital, constituían el principal «punto débil de la escuela clásica de economía política».
Smith sugirió, por ejemplo, que la teoría del valor-trabajo solo se aplicaba a épocas precapitalistas, cuando prevalecía la producción simple de mercancías: es decir, a una época idealizada e imaginaria en la que la sociedad no estaba compuesta por capitalistas y trabajadores, sino por productores individuales que intercambiaban sus bienes directamente entre sí mediante el trueque.
De hecho, ocurre lo contrario: la ley del valor solo se afirma plenamente en el momento en que el capitalismo está más desarrollado; cuando la producción y el intercambio de mercancías se han vuelto universales y generalizados; cuando el sistema crediticio y el mercado mundial han surgido y madurado.
Partiendo de esto, Smith creía que la teoría del valor-trabajo ya no era aplicable en la era industrial: una vez que surgen el capital y el trabajo asalariado; cuando los productores individuales ya no se enfrentan directamente entre sí.
En su lugar, afirmó que el valor de cambio de una mercancía se derivaba ahora de la suma de los salarios, los beneficios y las rentas necesarios para pagar los tres principales factores de producción: el trabajo, el capital y la tierra, respectivamente.
La competencia, a su vez, actúa para empujar el precio en el mercado hacia este valor: el «precio natural» de la mercancía, como lo describió Smith.
Marx explicó, sin embargo, que estos —salarios, beneficios y rentas— no son costes de producción que determinen de forma independiente el precio de una mercancía. Más bien, son ingresos y rentas —para los trabajadores, los capitalistas y los terratenientes, respectivamente— derivados del valor creado por la clase trabajadora en el proceso de producción.
En esencia, Smith estaba poniendo las cosas al revés; presentándolas «en forma invertida», como dijo Marx.
«En lugar de descomponer el valor de cambio en salarios, beneficios y rentas», señala Marx, «[Smith] declara que estos son los elementos que forman el valor de cambio… En lugar de tener su origen en el valor, ellos [los salarios, los beneficios y las rentas] se convierten en la fuente del valor».
Esta es una «explicación» que no explica nada. Si los precios de las mercancías se determinan mediante la suma de salarios, beneficios y rentas, ¿qué determina entonces estos componentes supuestamente independientes del valor de cambio? Partiendo de esta base, uno vuelve a dar vueltas en círculo.
Imagina la economía como un pastel. No se hace un pastel sumando diferentes porciones, como Smith defendía en la práctica. Más bien, se hornea un pastel y luego se reparte entre los distintos comensales. Del mismo modo, las diferentes clases de la sociedad no tendrían nada que consumir sin el valor —encarnado en las mercancías— que se genera en la producción.
Necesidad y accidente
Estas dos concepciones —contradictorias— del valor se reducen, una vez más, a una cuestión de perspectiva.
La teoría del valor-trabajo de Smith, a pesar de su primitividad, fue un intento de descubrir la ley que rige la producción y el intercambio de mercancías.
Su modelo de «salarios, beneficios, rentas», por el contrario, fue un intento de explicar las cosas desde el punto de vista del capitalista individual, que calcula el precio que debe cobrar por su mercancía sumando sus costes de producción y añadiendo una tasa de rendimiento esperada.
En otras palabras, como destacó Marx, el error de Smith radicaba en su alternancia entre un análisis objetivo de las relaciones sociales esenciales y necesarias del sistema capitalista, es decir, la ley del valor; y una fijación en lo subjetivo, superficial y accidental: en cómo se le presentan las cosas al capitalista, en términos de competencia y precio.
«El significado de este cambio de enfoque», explica Marx, «es que primero él [Smith] capta el problema en sus relaciones internas, y luego en su forma inversa, tal y como se manifiesta en la competencia».
Esta última noción tiene ciertas implicaciones. Sugiere que el precio de las mercancías es subjetivo, determinado por los caprichos de los diversos agentes económicos implicados. Si los trabajadores presionan para obtener salarios más altos, o los capitalistas exigen mayores beneficios, entonces los precios subirán.
Esta idea falsa perdura hoy en día, con la burguesía culpando a los trabajadores de alimentar la inflación al luchar por mejores salarios, generando la llamada «espiral de salarios y precios»; y ciertos izquierdistas y líderes sindicales respondiendo que los patrones son responsables de la greedflation [inflación por avaricia] a través de la especulación y la subida abusiva de precios.
Las conclusiones políticas de estos argumentos son reaccionarias y utópicas: o bien que los trabajadores deben aceptar recortes salariales en términos reales para frenar la inflación; o bien que las subidas de precios pueden detenerse simplemente convenciendo a los patrones de que no sean «codiciosos».
Precio y valor
Marx señaló, a este respecto, que las confusiones de Smith surgían de su incapacidad para comprender la diferencia entre valor y precio.
Además, Marx desarrolló la teoría del valor-trabajo de Smith y Ricardo haciendo hincapié en la idea del tiempo de trabajo socialmente necesario.
Para los economistas clásicos, como se ha comentado, la teoría del valor-trabajo se consideraba simplemente desde la perspectiva del productor primitivo y productor individual. Robinson Crusoe, al producir sus medios de supervivencia en una isla desierta, hipotetizaban, establecería el valor de sus productos comparando el tiempo de trabajo que había dedicado a su fabricación o obtención.
Si se tardaba cuatro horas en construir una balsa de madera y cuatro horas en recolectar cien cocos, entonces Crusoe concluiría que una balsa valía lo mismo que cien cocos.
«Si en una nación de cazadores», Smith pone un ejemplo similar, «por lo general cuesta el doble de trabajo matar un castor que matar un ciervo, un castor debería, naturalmente, intercambiarse por dos ciervos o valer lo mismo que estos».
Marx subrayó, sin embargo, que el capitalismo no es un sistema de productores aislados y trueque. Más bien, la economía capitalista es una de producción socializada, en la que el intercambio no se produce directamente, sino a través del mercado.
En general, en el capitalismo no podemos regatear los precios. Más bien, como consumidores nos enfrentamos a un precio de mercado. Los proveedores, por su parte, no pueden cobrar más que sus competidores.
El valor, por lo tanto, no es algo que pueda determinarse o decidirse subjetivamente, sino que es una relación objetiva. Se basa, explicó Marx, no en el trabajo particular o individual empleado en producir algo, sino en el tiempo de trabajo socialmente necesario que implica la producción: el tiempo medio requerido para producir en masa una mercancía determinada, dado el nivel actual de tecnología y técnica en la sociedad.
Las fuerzas de la competencia, por su parte, empujan los precios de las mercancías hacia su valor. La oferta y la demanda hacen que los precios de mercado fluctúen. El eje en torno al cual oscilan estos precios no es, sin embargo, arbitrario, sino que corresponde al valor de una mercancía determinada; su tiempo de trabajo socialmente necesario, establecido y determinado a través del intercambio.
A su vez, los salarios y los beneficios no se deciden de forma subjetiva, sino que representan los ingresos materiales de los trabajadores y los capitalistas, determinados a través de una lucha de clases; una batalla de fuerzas vivas por el valor creado en la producción por la clase trabajadora.
La «mano invisible»
Esto nos lleva de vuelta a la cuestión de la división del trabajo.
Tanto dentro de la fábrica como en la sociedad en general, como señaló acertadamente Smith, la división del trabajo aumenta la productividad.
Sin embargo, existe una diferencia importante entre su ejemplo del fabricante de alfileres y la comprensión de la economía en su conjunto, en particular en lo que respecta a cómo se regula la división del trabajo en cada caso.
Dentro de los límites de cualquier empresa capitalista, el trabajo se asigna según las instrucciones del jefe, con el fin de maximizar los beneficios. El propietario o el gerente decide quién hace qué, de acuerdo con un plan definido.
Smith señaló, sin embargo, que no existe tal dirección consciente de la economía a escala social.
En su lugar, la distribución de las fuerzas productivas de la sociedad —incluidos el capital y la mano de obra— se deja en manos de la «mano invisible» del mercado; a las fuerzas de la oferta y la demanda, con las señales de los precios (la divergencia de los precios respecto a los valores) y la búsqueda del beneficio guiando la inversión, de forma ciega y anárquica. En última instancia, Smith creía que esta fuerza intangible conduciría a un resultado que serviría mejor a los intereses de la sociedad.
El capitalista, dice Smith, «ni pretende promover el interés público, ni sabe hasta qué punto lo está promoviendo». En cambio, «sólo busca su propia seguridad; y al dirigir esa industria de tal manera que su producción alcance el mayor valor posible, sólo busca su propio beneficio… guiado por una mano invisible para promover un fin que no formaba parte de su intención».
«Al perseguir su propio interés», concluye Smith, «[el capitalista; el inversor] promueve con frecuencia el de la sociedad de manera más eficaz que cuando realmente pretende promoverlo. Nunca he visto que se haya hecho mucho bien por parte de quienes fingían comerciar por el bien público».
En otras palabras, los mercados competitivos y el interés propio —es decir, la búsqueda de beneficios cada vez mayores— deberían crear un «equilibrio» económico que sea óptimo y eficiente; que utilice los recursos y la capacidad productiva de la sociedad para generar la mayor cantidad de riqueza posible, creando prosperidad para todos.
«No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero de quien esperamos nuestra cena, sino de su preocupación por su propio interés. No apelamos a su humanidad, sino a su amor propio, y nunca les hablamos de nuestras propias necesidades, sino de sus ventajas».
Ley del valor
Lo que Smith describía aquí, inconscientemente, era la ley del valor: las presiones objetivas que rigen los movimientos de las mercancías; que eliminan la ineficiencia y aumentan la productividad; que regulan y distribuyen los recursos por toda la economía.
«Las leyes que rigen las diversas esferas de la economía capitalista —salarios, precios, tierra, renta, beneficio, interés, crédito, la bolsa— son numerosas y complejas», explica León Trotsky, en su introducción a El Capital de Marx. «Pero, en última instancia, se reducen a la única ley que Marx descubrió y exploró hasta el final; es decir, la ley del valor-trabajo, que es, de hecho, el regulador básico de la economía capitalista».
Sin una comprensión clara y profunda de la teoría del valor-trabajo, sin embargo, incluyendo conceptos como el tiempo de trabajo socialmente necesario y la diferencia entre precio y valor, la explicación de Smith de este proceso se presenta necesariamente de una manera subjetivista y semimística —con su énfasis en el interés propio individual y una «mano invisible».
Además, sin un enfoque dialéctico, Smith y los economistas clásicos fueron incapaces de comprender y demostrar cómo las mismas fuerzas de mercado que establecen la eficiencia y el equilibrio también conducen inevitablemente a su contrario: a crisis destructivas, derrochadoras y caóticas.
En resumen, las contradicciones del capitalismo, derivadas de la ley del valor, implican que la búsqueda racional del interés propio —del beneficio— conduce a una situación que resulta increíblemente irracional para la sociedad en su conjunto.
Sin embargo, todo esto era un misterio para Smith —y sigue siéndolo para sus discípulos actuales—.
Científico frente a superficial
La gran limitación de Smith, pues, como explicó Marx, fue su incoherencia: su tendencia a dar bandazos entre enfoques e ideas contradictorias.
En algunos casos, se centra correctamente en el valor y la ley del valor; en la necesaria legalidad del capitalismo. En otros, se obsesiona con el precio y la competencia; con las características accidentales de la «sociedad comercial».
En cuanto a su perspectiva: alterna entre una comprensión social y objetiva de las cuestiones, en un momento dado; y una perspectiva individual y subjetiva de los problemas, al siguiente.
En algunos momentos, reconoce que la plusvalía proviene del trabajo no remunerado de la clase trabajadora. En otros, considera efectivamente que los niveles de beneficio son aleatorios, determinados por los caprichos de los capitalistas.
En sus objetivos, es un materialista que intenta abordar cuestiones económicas reales y comprender el papel clave del trabajo y la producción en la generación de riqueza. Su modus operandi, sin embargo, tiende al idealismo: presenta las categorías y leyes del capitalismo como «naturales» y atemporales, anteriores al propio capitalismo.
A veces su método es científico y racional, intentando descubrir las relaciones y las interconexiones esenciales del sistema capitalista; otras veces, se distrae con la apariencia superficial de los fenómenos económicos y presenta las cuestiones de manera metafísica.
«En Smith», resume Marx, «estos dos métodos de enfoque no solo coexisten alegremente uno al lado del otro, sino que también se entremezclan y se contradicen constantemente».
El resultado, concluye, es que Adam Smith «se mueve con gran ingenuidad en una contradicción perpetua», una contradicción que solo Marx y el marxismo podían resolver.
Economía vulgar
Como se ha comentado anteriormente, Ricardo superó algunas de las contradicciones de las ideas de Smith, aplicando un enfoque científico y la teoría del valor-trabajo con mayor coherencia.
Sin embargo, la economía política burguesa alcanzó su punto álgido con Ricardo.
Siguiendo los pasos de Smith y Ricardo, Marx había mostrado las conclusiones lógicas de sus ideas económicas: la tendencia inherente a la crisis que se derivaba de la teoría del valor-trabajo y la ley del valor.
Además, el crecimiento de la clase obrera y la amenaza de la lucha de clases revolucionaria comenzaron a pesar sobre la burguesía y sus representantes. Esto, dice Marx en un epílogo a El Capital, «supuso la sentencia de muerte de la economía burguesa científica».
«A partir de entonces ya no se trataba de si tal o cual teorema era cierto, sino de si era útil o perjudicial para el capital, conveniente o inconveniente… En lugar de investigadores desinteresados aparecieron luchadores a sueldo; en lugar de auténtica investigación científica, la mala conciencia y la mala intención de la apologética».
Los economistas burgueses posteriores se refugiaron, por tanto, en el idealismo, el subjetivismo y el dogmatismo. En lugar de intentar explicar científicamente el sistema capitalista, como había hecho la escuela clásica, se convirtieron en mercenarios y lacayos de la burguesía; fanáticos que vomitaban propaganda pro-mercado y antimarxista.
Marx describió a estos pensadores —figuras como Jean Baptiste Say, Thomas Malthus, entre otros— como los «economistas vulgares».
Mientras que Marx se basó en lo mejor de las ideas y métodos de la escuela clásica, los economistas vulgares los abandonaron.
En su lugar, adoptaron los aspectos más retrógrados e idealistas de Smith y los clasicistas: el enfoque en la competencia, los precios y los aspectos superficiales y accidentales de los fenómenos; su enfoque ahistórico de la economía; la vacía abstracción del «cazador o pescador solitario y aislado, que sirve a Adam Smith y Ricardo como punto de partida», en palabras de Marx.
Esta interpretación unilateral y reduccionista de los escritos de Smith por parte de los economistas vulgares descuidó convenientemente —y rechazó activamente— la otra faceta, más importante y esencial, de sus ideas económicas: la teoría del valor-trabajo.
Esto continúa hasta hoy, con los defensores libertarios del libre mercado tratando a Smith como un apóstol de su credo reaccionario, con sus principios de propiedad privada, competencia y la despiadada carrera por el lucro. La idea de la «mano invisible», por su parte, se toma como un evangelio; como una prueba de fe religiosa para los seguidores y creyentes más devotos del capitalismo.
Como consecuencia, la economía burguesa se encuentra hoy en un atolladero, con ideas como la «teoría de la utilidad marginal» —una visión completamente subjetivista del valor— y la Escuela Austriaca de Hayek, promovidas ahora en los planes de estudios y los libros de texto universitarios como la última palabra en pensamiento económico; como los verdaderos descendientes de Adam Smith.
Sin embargo, es probable que Smith se revolviera en su tumba si pudiera ver las ideas descabelladas que sus acólitos capitalistas contemporáneos promueven en su nombre.
A su vez, sin la teoría del valor-trabajo, estos fanáticos del libre mercado se ven completamente incapaces de comprender su propio sistema; incapaces de explicar por qué el capitalismo se sumerge periódicamente en crisis, como la que estamos presenciando en la actualidad.
En defensa del marxismo
En sus tres volúmenes de El Capital, Marx demostró cómo la ley del valor es el regulador básico del sistema capitalista, dando lugar a todas las demás dinámicas y tendencias económicas que observamos bajo el capitalismo.
Es la teoría del valor-trabajo, en este sentido, la que explica de dónde proviene el beneficio; cómo se distribuyen el capital y el trabajo en la economía; cuáles son las causas reales de la inflación; por qué los patrones empujan a los trabajadores a trabajar más y más duro; por qué los capitalistas invierten en tecnología y maquinaria; por qué la explotación y la desigualdad son intrínsecas al capitalismo; y por qué el sistema es fundamentalmente propenso a las crisis —crisis de sobreproducción.
Sobre esta base, Marx pudo demostrar, de manera irrefutable, por qué el capitalismo no puede remendarse ni reformarse, sino que debe ser derrocado; por qué las leyes del valor, la propiedad privada y el mercado deben ser sustituidas por nuevas leyes económicas, basadas en la planificación socialista consciente, la propiedad común y el control obrero —con una producción orientada a las necesidades, no al lucro.
Así pues, en este 250.º aniversario de La riqueza de las naciones, nosotros, los comunistas, defendemos las mejores contribuciones teóricas de Adam Smith y de la escuela clásica, a quienes el socialismo científico tiene una enorme deuda.
Defenderemos la teoría del valor-trabajo contra todos los ataques y distorsiones de los economistas burgueses de hoy, y pondremos al descubierto la hipocresía de quienes proclaman que el capitalismo sigue siendo progresista; una supuesta fuerza liberadora para la humanidad.
Pero, sobre todo, defendemos las ideas del marxismo, las únicas que pueden arrojar luz sobre el sistema capitalista, despojar al mercado de su misticismo y señalar el camino revolucionario a seguir para la clase trabajadora.
Dejamos la última palabra a León Trotsky:
«La economía política clásica –Adam Smith, David Ricardo- floreció antes de que el capitalismo se hubiera desarrollado, antes de que comenzara a temer el futuro. Marx rindió a los dos grandes clásicos el perfecto tributo de su profunda gratitud. Sin embargo, el error básico de los economistas clásicos era que consideraban el capitalismo como la existencia normal de la humanidad en todas las épocas, en vez de considerarlo simplemente como una etapa histórica en el desarrollo de la sociedad.
Marx inició la crítica de esa economía política, expuso sus errores, así como las contradicciones del mismo capitalismo, y demostró que era inevitable su colapso.
La ciencia no alcanza su meta en el estudio herméticamente sellado del erudito, sino en la sociedad de carne y hueso. Todos los intereses y pasiones que despedazan a la sociedad ejercen su influencia en el desarrollo de la ciencia, especialmente de la economía política, la ciencia de la riqueza y de la pobreza.
La lucha de los trabajadores contra los capitalistas obligó a los teóricos de la burguesía a volver la espalda al análisis científico del sistema de explotación y a ocuparse en una descripción vacía de los hechos económicos, el estudio del pasado económico y, lo que es inmensamente peor, una falsificación absoluta de las cosas tales como son con el propósito de justificar el régimen capitalista.
La doctrina económica que se ha enseñado hasta el día de hoy en las instituciones oficiales de enseñanza y se ha predicado en la prensa burguesa no está desprovista de materiales importantes relacionados con el trabajo, pero no obstante es completamente incapaz de abarcar el proceso económico en su conjunto y descubrir sus leyes y perspectivas, ni tiene deseo alguno de hacerlo.
La economía política oficial ha muerto».
