Ayer (03 de enero 2026) Estados Unidos volvió a invadir un país en América Latina. No se trata de un hecho aislado ni excepcional, sino de un mensaje político para toda la región. Este acontecimiento tiene implicaciones serias para el continente y obliga a reflexionar sobre varias cuestiones fundamentales. La invasión no trata sobre Venezuela; trata sobre quién decide en América Latina y qué pasa con la libertad de un pueblo para decidir quienes son sus gobernantes.
Esto no se limita a Venezuela y puede aplicarse perfectamente a El Salvador. Supongamos, por un momento, que el gobierno salvadoreño, liderado por Nayib Bukele, entra en conflicto con los intereses de Estados Unidos. ¿Cómo podría ocurrir esto? En El Salvador existe una gran cantidad de transnacionales estadounidenses. Si el gobierno buscara realmente beneficiar a la clase trabajadora salvadoreña, en ese escenario tendría que aplicar políticas que afectarían esos intereses: aumento de salarios, protección efectiva de los derechos laborales o medidas que garanticen los derechos de los migrantes en Estados Unidos. En ese momento, la discusión dejaría de ser “ideológica” y pasaría a ser una cuestión de poder.
Lo de Venezuela confirma que la supuesta independencia de los países latinoamericanos no existe en la práctica. Existe una independencia formal, pero no una independencia real cuando una potencia puede imponer decisiones por la fuerza. Al final, Estados Unidos continúa siendo la potencia imperialista que decide las cuestiones fundamentales del continente.
Intervenciones imperialistas históricas
La crisis del capitalismo y la lucha entre dos bloques imperialistas que buscan constantemente apoderarse de los mercados profundiza y exacerba conflictos y guerras con métodos que parecían lejanos o del pasado. Los acontecimientos recientes traen a la luz duras experiencias en América Latina que conviene no olvidar en estos momentos y tener la seguridad de que seguramente se repiten con mucha más profundidad.
Una de las intervenciones más cercanas para la región centroamericana fue en 1954, cuando el pueblo guatemalteco depositó en un gobierno sus intereses. En ese momento, Guatemala y varios países de Centroamérica no eran más que colonias de producción controladas por una y sola gran transnacional: la United Fruit Company. Jacobo Arbenz, presidente guatemalteco, tímidamente impulsó algunas medidas que beneficiaron a los campesinos y pidió que las tierras fueran devueltas a los guatemaltecos; esto desató la reacción de la UFC que, finalmente, a través del poder del gobierno de Estados Unidos, terminó deponiendo a Arbenz.
En 1973, tras un proceso de lucha de la clase obrera chilena en contra de la burguesía reaccionaria y el imperialismo, se constituyó un gobierno popular encabezado por Salvador Allende. Este impulsó una serie de medidas en beneficio de la clase obrera y en contra del poder económico nacional y extranjero; en respuesta, Estados Unidos, con el apoyo del ejército nacional, bombardearon el Palacio de La Moneda con el presidente Allende dentro e impusieron una dictadura sangrienta durante décadas.
En 1980, los Estados Unidos intervinieron con millones de dólares y armas en las luchas de liberación en Nicaragua y El Salvador. En El Salvador armaron al ejército con millones de dólares; en Nicaragua utilizaron narcotraficantes para enviar armas a los contras y así desestabilizar al gobierno sandinista.
En 1989, Noriega, que era un aliado de los Estados Unidos, terminó volviéndose narco y dictador cuando Noriega comenzó a perder la confianza de EE. UU., la administración de George H. W. Bush justificó la invasión de Panamá parcialmente citando sus vínculos con el narcotráfico, aunque la razón estratégica principal también era política: asegurarse de que Panamá continuará alineado con los intereses estadounidenses y controlar el Canal de Panamá. Así también, en 2009 financiaron y apoyaron un golpe de Estado contra el presidente Zelaya y se impuso, con sangre, una dictadura que se extendió varios años en el país vecino.
Estas son las intervenciones más emblemáticas de los norteamericanos en su patio trasero; ninguna de estas ha traído la paz y la prosperidad para los pueblos, ni mucho menos la libertad y la democracia. Los pueblos siguen siendo dominados por medios más sutiles en beneficio del imperialismo estadounidense hasta el sol de hoy.
Ahora, tal vez lo ocurrido en Venezuela suene lejano para muchos salvadoreños. Incluso, puede que algunos estén pensando que Venezuela ha sido “liberada” de una dictadura comandada por un narcotraficante. Ese es precisamente el mensaje que los grandes medios de comunicación están intentando instalar. Este relato no es inocente: busca legitimar la invasión y desactivar cualquier cuestionamiento; es la misma receta de siempre: drogas, armas nucleares, terrorismo, en fin, todo lo que el gobierno de Estados Unidos realmente representa.
Sin embargo, los hechos van mucho más allá de ese relato simplista de la lucha contra el narcotráfico. La intervención de ayer demuestra que el imperialismo, hoy expresado en la figura de Donald Trump, no tolera gobiernos en América Latina que no sigan sus mandatos. Por eso, Trump ha mantenido conflictos constantes con gobiernos como el del presidente Gustavo Petro. ¿Cuál es la forma en que el imperialismo “resuelve” estos conflictos? Mediante invasiones, intervenciones, bloqueos y manipulación de elecciones, como ocurrió en Honduras recientemente. No se trata de una postura personal, sino de una lógica histórica del imperialismo estadounidense.
Cabe entonces preguntarse: ¿qué pasaría si, en algún momento, el gobierno salvadoreño decidiera mejorar de manera real las condiciones de vida de los trabajadores? ¿Si el pueblo actuara persiguiendo sus propios intereses y no los de las transnacionales y los capitalistas de El Salvador? ¿Podría El Salvador ser invadido por Estados Unidos? Desde luego que esa sería una consecuencia posible, como quedó demostrado ayer, incluso cuando el gobierno de Maduro no buscó elevar el nivel de vida de la clase trabajadora y permitió la operación de transnacionales estadounidenses en Venezuela. ¿Qué suerte tendría entonces un gobierno que sí intentara liberar a su pueblo del yugo de la explotación y la miseria? Claramente sería boicoteado desde dentro, bloqueado y posiblemente invadido por los EE. UU.
Esto cuestiona el derecho elemental de los pueblos a decidir su destino sin coerción externa y pone de manifiesto una necesidad imperante, la unidad de las clases explotadas y la unidad de las naciones oprimidas contra el imperialismo opresor..
Los verdaderos intereses tras la intervención
Por otro lado, los acontecimientos de ayer dejan en evidencia cuáles son los verdaderos intereses en juego. Ha quedado claro que a Estados Unidos no le interesa el bienestar de los pueblos latinoamericanos, en este caso, del pueblo venezolano, sino el control de sus recursos naturales, especialmente el petróleo, y más allá de eso, controlar por completo el continente americano. Venezuela no es el único caso de acoso por parte de Trump; también lo ha hecho con Panamá, México y Colombia. En el fondo, es reafirmar el poderío imperial del continente en medio de la guerra comercial con China.
Cada país que Estados Unidos decide invadir en nombre de la “libertad” posee, casualmente, recursos estratégicos necesarios para el dominio imperial, lo que conlleva al aumento de la miseria y la pobreza en los países invadidos. Los objetivos reales de la intervención se confirman cuando el propio Trump ha afirmado que no habrá una transición hacia un nuevo gobierno, sino que Venezuela será gobernada directamente por Estados Unidos, es decir, convertida en una especie de colonia en pleno siglo XXI. Esto no es libertad: es el retorno del colonialismo de 1492.
Como es habitual después de una intervención de la mano de los norteamericanos, los pueblos son condenados a años e incluso décadas de consecuencias que solo afectan al pueblo trabajador. Aún no se sabe exactamente si la intervención cesará con la extracción del presidente Maduro o si se extenderá a todo el gobierno. Sea como sea, el futuro de los venezolanos no es halagador. La experiencia histórica nos muestra que la maldición de una intervención conlleva retroceso económico, desempleo masivo, pobreza, miseria, aumento de los problemas sociales como la violencia y la criminalidad, saqueo de recursos, privatización, endeudamiento, migración y desintegración familiar; estos son algunos de los males que están por profundizar todavía más en Venezuela. Cada intervención trae consigo un paquete de ajuste económico a la medida del imperialismo, tal y como pasó en El Salvador en los años 90.
Al imperialismo estadounidense no le interesa la democracia, la paz ni la libertad de los pueblos latinoamericanos, sino el control estratégico de los recursos naturales. Estados Unidos busca reforzar su dominio sobre lo que considera su “patio trasero”: América Latina.
La intervención, Maduro y Chávez
No es necesario estar a favor de Maduro para oponerse de manera clara y firme a una invasión extranjera. Una cosa es criticar a un gobierno; otra muy distinta es justificar una invasión. Después de la muerte de Chávez, el proceso de revolución que se había venido dando en Venezuela, en sintonía con los intereses de las masas trabajadoras, fue interrumpido. El proceso fue retomado por Nicolás Maduro, que, al contrario de Chávez, aplicó políticas reaccionarias capitalistas; todos los beneficios que se habían logrado con la revolución fueron desechados y sustituidos por políticas capitalistas. Así, el régimen perdió apoyo popular año con año y es real que había descontento por la pobreza y la miseria. Claramente no se puede apoyar un régimen de este tipo; el gobierno debía ser cambiado por un gobierno de los trabajadores, pero esto es una tarea de la clase obrera venezolana, no de los EE. UU. Intervenir para deponer al presidente anula el principio fundamental de la autodeterminación de los pueblos: el derecho de cada nación a elegir a sus gobernantes sin imposiciones externas.
Todo esto contradice abiertamente los supuestos valores de libertad y democracia a los que apela el gobierno de Donald Trump. Resulta profundamente contradictorio que un gobierno que persigue, deporta y criminaliza a los migrantes latinoamericanos se arrogue el derecho de invadir países y cambiar gobiernos en nombre de la libertad.
Seguir creyendo que Estados Unidos es “el bueno de la película” no solo es ingenuo: es negar la historia y la realidad concreta de América Latina. Mientras estas invasiones se sigan justificando, la independencia latinoamericana seguirá siendo una promesa vacía.
Solo el pueblo en revolución puede garantizar la prosperidad y la independencia
Lo ocurrido en Venezuela no es una advertencia lejana ni un episodio aislado: es un espejo en el que América Latina debe mirarse con seriedad. Para El Salvador, la lección es clara: ningún pueblo es verdaderamente libre si otros deciden por él cuándo puede gobernarse y bajo qué condiciones.
Las invasiones son la expresión más violenta de las injerencias del imperialismo, pero la verdad es que, de una u otra manera, los pueblos de Latinoamérica están sometidos al imperialismo de los Estados Unidos. En nuestro caso, se puede ver a través de la dolarización y la deuda. En materia de grandes decisiones, ningún gobierno tiene la libertad de ejecutarlas; cualquier medida trascendental debe corresponder a los intereses de los acreedores de la deuda, de los grandes banqueros, de las transnacionales y, por supuesto, del gobierno de los Estados Unidos.
La aparente paz de cada país latinoamericano no es otra cosa que la expresión de que los gobiernos son serviles y dóciles con el amo. Cualquiera que pretenda salirse de los bien marcados límites que el imperialismo ha trazado sufrirá consecuencias graves; no existe la independencia y la soberanía en Latinoamérica. Los hechos de ayer lo confirman en la práctica.
Probablemente, estos acontecimientos, si no logramos comprender bien sus raíces, puedan desanimarnos y llevarnos a la conclusión de que hay un poder supremo y omnipotente en los Estados Unidos contra los países vecinos. Pero, para no sacar conclusiones desproporcionadas, deberemos ajustar bien los hechos: Maduro no era el presidente más popular; aún no se confirma cómo ocurrió toda la operación de captura. El silencio solo infla el ego y el poderío militar de los Estados Unidos, pero la realidad puede ser muy contraria a todas las mentiras que se están difundiendo. Lo más probable es que Maduro haya sido traicionado por parte de su mismo ejército; ya en años pasados había habido conatos de este tipo. La operación expresa mucho más la debilidad del régimen de Maduro que la propia fortaleza e inteligencia de los EE. UU.
Por ejemplo, hace casi 10 años los estadounidenses dieron un golpe de Estado a Chávez, pero las masas respondieron contundentemente en las calles, estaban decididas a todo; a los norteamericanos no les quedó de otra que entregarles a su presidente. Este es el poder real de las masas trabajadoras cuando deciden tomar su destino en sus propias manos.
Los ejércitos, las tanquetas y las bombas pierden efectividad cuando el pueblo actúa como una sola masa en defensa de sus intereses. Este es un factor ausente en la operación de ayer, sobre el cual la operación pudo tener éxito, y es el factor decisivo de la revolución. La única forma de blindar un gobierno revolucionario es blindarse con el poder de las masas, y esto solo se consigue aplicando medidas reales en favor de sus intereses. La conclusión debe ser: la única forma de garantizar nuestros intereses es organizándonos de arriba abajo y combatiendo al enemigo como una sola clase, la clase de los oprimidos y explotados.
La única manera de conseguir la verdadera independencia de los pueblos es uniendo las luchas de los intereses de la clase obrera venezolana con los de toda la región latinoamericana en contra de los imperialistas norteamericanos, y estos mismos con los intereses de la clase obrera estadounidense que está cansada de invasiones imperialistas de su propio país. La única forma de vencer es declarando la federación de países socialistas de toda la América a través de la revolución socialista.
