El cuerpo femenino como objeto de comercio

“El comercio con los cuerpos de mujeres se desarrolla muy a la luz, lo cual no debe sorprendernos si consideramos que toda la vida burguesa está basada en la compra y la venta”

A. Kollontai

El día 3 de enero del año pasado los medios se encargaron bien de difundir la noticia sobre la captura de Alejandro Maximiliano Gonzales, mejor conocido como “el gordo Max”, Ernesto José Regalado (empresario, “conservador” y financiador del partido ARENA), Salvador Enrique García Arévalo y Luis Alonso Marroquín Pineda. El delito por el cual fueron acusados los cuatro mencionados fue “remuneración de Actos Sexuales con menores de edad”. Sin embargo para este momento el caso no era nuevo; el 13 de octubre del 2015 fueron condenados los miembros de una estructura criminal acusados de trata de personas agravada (las penas variaron entre los 7 y 10 años de prisión)[1]. El fiscal de entonces se limitó a investigar y culpar a los tratantes, no a los clientes, las palabras del fiscal se limitaron a informar que “existían personajes públicos entre la lista de clientes”.

Las víctimas, jóvenes que al momento de ser abusadas –sí, abusadas-  aun eran menores de edad, poseían entre los 13 y 17 años. Para el proceso judicial que se llevó a cabo  contra los clientes de la estructura, las jóvenes violentadas acudieron a declarar contra los victimarios, para sorpresa de muchos, una de las jóvenes “no fue ubicada durante la audiencia, no se contaba con su testimonio, por tanto no habían pruebas”.

La red de trata de personas desintegrada en el 2014 funcionaba de la siguiente manera: jóvenes, menores de edad, eran localizadas por los tratantes vía redes sociales, les hacían ofertas laborales como edecanes o en algunos casos les ofrecían empleos hasta en los medios de comunicación, aprovechándose de las situaciones precarias de muchas adolescentes en El Salvador. Una vez “contactadas y citadas” –mejor dicho, sometidas, explotadas y degradadas- eran entregadas en algún centro comercial o gasolineras a los clientes, con quienes ya habían negociado.

Luego de describir los hechos, tratemos de entender mejor la magnitud del daño causado a estas jóvenes; hagamos una diferencia entre dos términos que se suelen confundir en muchas ocasiones, provocando discriminación hacia las víctimas: Prostitución y trata de blancas. Según Kollantai “la prostitución es un fenómeno que está estrechamente ligado a las rentas, y se desarrolla y prospera en la época dominada por el capital y la propiedad privada. Las trabajadoras sexuales, desde el análisis y la postura marxista, son mujeres que venden su cuerpo con consentimiento a cambio de beneficio material por comida decente, por ropa y otras ventajas, mientras que la Trata de Blancas  se define así cuando se obligue a una o más personas a realizar actos de naturaleza sexual sometiendo su voluntad por medio de la amenaza, la fuerza, el engaño o la coacción generada por el  propósito de obtener ingresos económicos o materiales.

En el delito de la trata de blancas se tienen por tanto a dos actores: el tratante y la víctima, aunque debemos entender que por tratante se define a todo aquel que participa en la trata, tanto el explotador o beneficiado materialmente, el “dueño de la mercancía” como el cliente o “comprador de la mercancía”.

No obstante, a pesar de estas diferencias encontramos un punto en común: estas mujeres, sean jóvenes como en los casos de trata o adultas[2] pertenecen a grupos sociales altamente vulnerables, es decir, sus condiciones materiales no les permiten tener acceso a los derechos básicos además de sufrir desigualdad de género.

Por ejemplo, María Consuelo y Haydee, quienes son trabajadoras sexuales pertenecientes al movimiento Orquídeas del Mar, comentaban en una entrevista realizada en el 2015 “en las zonas donde se ejerce el trabajo sexual el Estado ha perdido su interés por garantizar la seguridad, entonces pasa que incluso nosotras mismas somos víctimas de la violencia. Muchas compañeras están siendo maltratadas por los clientes, la policía, el CAM o están siendo extorsionadas por pandilleros”.[3]

De esta forma vemos que estas mujeres, tanto victimas de trata, como trabajadoras sexuales, son en su mayoría pertenecen a la clase trabajadora y se encuentran en vulnerabilidad, son desamparadas de nuevo por el Estado burgués y la sociedad. Siendo víctimas de la doble moral, muy propia del capitalismo.

Ahora, reflexionemos un poco sobre los orígenes de la prostitución: esta surgió con los primeros Estados -Kollontai hace referencia a los estados primitivos que surgen con la propiedad privada- como una doble cara a los matrimonios arreglados para preservar la propiedad privada y la herencia familiar. Sin embargo, hay que tener presente que durante los años de Grecia y Roma la prostitución no era vista de la misma forma de la que lo ve la sociedad actual; en los tiempos antiguos el número de prostitutas era pequeño, y no existía esa hipocresía, esencia de la moral del mundo burgués, la prostitución era el complemento legal a las relaciones exclusivamente familiares.

Con el ascenso del capitalismo, la situación cambia. En los siglos XIX y XX la prostitución y la trata, que es esclavitud sexual, alcanza proporciones amenazantes por primera vez. La venta del trabajo de la mujer, que está estrecha e inseparablemente conectada a la venta del cuerpo femenino, se incrementa tal cual como lo vemos en El Salvador actualmente.

Pero la vida llena de vulnerabilidades no es el único problema, dentro del sistema capitalista se alimentan las ideas de comercio y explotación sexual al mismo tiempo cubre con desprecio a cualquier chica o mujer que es forzada a tomar este camino o ha sido víctima de la explotación. Este problema se debe a la idea de sexualidad femenina que se maneja en la sociedad conservadora y patriarcal, con sus respectivas instituciones: se disocia la sexualidad en sexualidad para la reproducción (con la esposa, para procrear herederos y garantizar la propiedad individual) y la sexualidad para placer, esta última se ejercía con las mujeres no casadas, las prostitutas, estas últimas por tanto se les considera  necesarias pero peligrosas.

En una entrevista realizada por un periódico a un adulto mayor de la ciudad de San Salvador, el adulto mencionaba: «Prostitución siempre ha habido en esta ciudad, pero yo recuerdo que antes las muchachas estaban en locales, así como allá en la Avenida y no se las encontraba uno en la calle ofreciendo sus servicios». Estas declaraciones guardan similitud con muchas otras que se pueden escuchar en los barrios rojos de San Salvador. De hecho una de las propuestas de Norman Quijano para las elecciones 2012-2015 era “regular” el trabajo sexual, prohibiéndolo en las calles y permitiéndose solamente en los bares y clubes nocturnos, este es un buen caso para ejemplificar la doble moral de la derecha; tenemos a unos (como Quijano)  que pretenden regular el trabajo sexual, escondiéndolo en los clubes, mientras financiadores de la derecha como Ernesto Regalado utilizaban los servicios sexuales de señoritas menores de edad, víctimas de  la trata.

Pero los políticos conservadores derechistas no son los únicos, basta con leer comentarios en las redes sociales para darse cuenta como la sociedad acusa a las jóvenes víctimas de trata y protegen o alientan al tratante, como en el caso del “Gordo Max” que regreso a una famosa emisora radial, escuchada por miles de jóvenes en El Salvador después de estar acusado por trata como si nada hubiese pasado. Algunos alegan que es inocente, cuando las pruebas especificaban todo lo contrario, la libertad de este grupo de “clientes” –con los que comenzamos el artículo- no se debe a que se no comprobara que utilizaron los servicios sexuales de la red de trata capturada en 2014, más bien se debe a que “las edades de las víctimas no lograron convencer al juez del caso”.

El comercio del cuerpo femenino se ha convertido en un negocio lucrativo en los últimos años, la sociedad y todas las instituciones estatales se encargan de acusar y discriminar a la mujer que ofrece su cuerpo como alternativa de trabajo o la joven víctima de estructuras organizadas, sin embargo, no vemos que el “cliente” y los empresarios de estos mercados sean tratados de la misma manera, ya sea por su condición de género, edad,  cargo o estatus social, el hombre y la mujer que abusa, que compra, no se ve afectado de la misma manera. El caso del “Gordo Max” y Ernesto Regalado pudo haber sido un arranque, pero solo es una muestra más de la hipocresía del Estado, las leyes y la sociedad burguesa.

 


[1] ¿De donde surge la acusación contra el “Gordo Max”? https://www.laprensagrafica.com/elsalvador/De-donde-surge-la-acusacion-contra-el-Gordo-Max-20170103-0035.html

[2] El movimiento Orquídeas del Mar, primer gremio de prostitutas en El Salvador reporta mujeres incluso de la tercera edad ofreciendo servicios sexuales

[3] https://ecumenico.org/article/un-orgasmo-es-el-peor-accidente-laboral-que-nos-pu/

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