[Originalmente publicado en: In Defence of Marxism, por Erik Demeester]
La organización patronal, Federación de Empresas de Bélgica (FEB), la denominó la «huelga de los 1.000 millones de euros». Se referían a la supuesta pérdida económica causada por la huelga de tres días del 24, 25 y 26 de noviembre. Esta propaganda patronal, destinada a asustar a los trabajadores, provocó que mucha gente pensara: «Vaya, ¿es esta la riqueza que produce nuestro trabajo en solo tres días? ¿Y qué pasaría si los directores generales y los accionistas dejaran de trabajar? En realidad, nadie lo notaría. ¡Nosotros somos los verdaderos creadores de riqueza!».
Estos tres días consecutivos de huelga marcaron un nuevo punto álgido en la ola de lucha de clases que comenzó hace un año. Desde noviembre de 2024, la acción sindical contra las brutales medidas de austeridad de los gobiernos federal y regionales no ha cesado.
De hecho, comenzó incluso antes de que el gobierno federal de De Wever-Bouchez [1] se formara a finales de enero de 2025. Este gobierno es el resultado de las elecciones de 2024, en las que los partidos socialistas sufrieron una derrota aplastante y los nacionalistas flamencos de derecha y los liberales francófonos obtuvieron la mayoría de los votos.
Junto a esos partidos, el pequeño partido socialista flamenco (Vooruit) y los dos partidos demócrata-cristianos formaron un nuevo gobierno. Esta coalición se le denomina gobierno «Arizona», ya que los colores propagandísticos de esos partidos se asemejan a los colores del estado de Arizona en los EE.UU. Es, sin duda, el gobierno más derechista desde la Segunda Guerra Mundial. «Una oportunidad histórica», según el portavoz de la organización patronal.
Desde entonces, los sindicatos han iniciado nada menos que 13 acciones nacionales, incluidas dos manifestaciones nacionales, que fueron auténticas oleadas humanas, con 100.000 y 140.000 manifestantes respectivamente. Las manifestaciones con más de 100.000 participantes son un acontecimiento poco frecuente en Bélgica. Para encontrar manifestaciones mayores, habría que remontarse a la «Marcha Blanca» de 1996, cuando 300.000 personas marcharon por el centro de la capital durante una grave crisis del régimen, que tuvo características prerrevolucionarias.
La reciente ola de huelgas se ha caracterizado por dos huelgas interprofesionales (es decir, con participación de trabajadores del sector público y privado), así como por dos días de huelga en los servicios públicos. Los trabajadores ferroviarios, auténtica punta de lanza del movimiento, acumulan ya casi 30 días de huelga y siguen dispuestos a seguir luchando: han anunciado una nueva huelga de cinco días a finales de enero. [2]
Kurt Vandaele, el indiscutible experto en estadísticas de huelgas, ha registrado 185 días de huelga por cada 1000 trabajadores en el primer semestre de 2025. «El Gobierno de De Wever parece dispuesto a batir el récord de huelgas establecido por el Gobierno de Dehaene I (de 1992 a 1995)».
No es casualidad, dado que la profundidad y el alcance de las políticas de austeridad del gobierno de Arizona no tienen precedentes. Bélgica tiene una de las tasas de deuda más altas de Europa (106,6 % del PIB en 2025, y se prevé que aumente hasta el 111,3 % en 2029) y un déficit en el gasto público del 5 % del PIB. Mientras tanto, la economía está casi estancada, con un crecimiento del PIB del 1,2 % el año pasado y una previsión de crecimiento del 1,1 % en 2026.
Los sectores manufactureros y de la construcción atraviesan una recesión. Por eso, los empresarios y su gobierno se muestran inflexibles a la hora de atacar a los trabajadores y sus derechos. Todos los sectores de la clase trabajadora y las capas más pobres de la clase media se han visto afectados. Los recortes presupuestarios y las contrarreformas en prestaciones por desempleo, pensiones, sanidad y educación, así como los ataques a la legislación laboral y los salarios, constituyen un duro golpe contra lo que la mayoría de los trabajadores identifica con el modelo social belga.
El gobierno también ataca los derechos democráticos, amenazando con introducir una ley que prohibiría a ciertas personas manifestarse y reduciendo drásticamente la financiación de las ONG que defienden opiniones «totalitarias». También pretende otorgarse el poder de prohibir las organizaciones que participan en actividades de solidaridad con Palestina (como la red de solidaridad con los presos palestinos, Samidoun) o en actividades antifascistas («Antifa»).
Tres ejemplos ilustran la brutalidad de la ofensiva antiobrera del gobierno: se introducirá una penalidad en el sistema de pensiones, que sancionará a quienes se jubilen antes de cierta edad, obligando a enfermeras, trabajadores de la construcción y docentes, entre otros, a trabajar al menos hasta los 67 años. Si quieren dejar de trabajar antes, perderán cientos de euros al mes, el 25 % de su pensión.
Las pensiones en Bélgica ya son bastante bajas. La reducida tasa de sustitución de la pensión media significa que las pensiones belgas ya son más de 400 euros inferiores a las de los países vecinos.
El segundo ejemplo es la escala móvil de salarios [3]. Una gran parte de la clase trabajadora que se beneficia de este sistema lo verá suspendido, perdiendo entre 10.000 y 20.000 euros a lo largo de su vida laboral. En tercer lugar, las prestaciones por desempleo se suspenderán al cabo de dos años, lo que empujará a la pobreza a unas 200.000 personas en 2026.
Mientras tanto, el gobierno belga está aumentando drásticamente el gasto militar hasta la asombrosa cifra de 34.000 millones de euros, un nivel nunca visto ni siquiera durante la Guerra Fría. A su vez el gobierno está introduciendo el servicio militar «voluntario» para la juventud mientras toca histéricamente los tambores de guerra.
El ministro de Defensa ha llegado a amenazar con arrasar Moscú con misiles nucleares (¡que no posee!) si un cohete ruso alcanzara Bruselas. Mientras tanto, fue incapaz de interceptar siquiera uno o dos drones supuestamente rusos que sobrevolaron una base militar belga a finales del año pasado.
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La «huelga de los 1.000 millones de euros»
La llamada «huelga de los 1.000 millones de euros» (por usar el nombre que le dieron los patronos) de noviembre de 2025 fue inmediatamente precedida por una manifestación el domingo 22 de noviembre contra la violencia sexista y sexual. Esto es muy significativo, dado que las mujeres son las más afectadas por la violencia social del gobierno.
El primer día de la huelga, el transporte público (trenes, autobuses y tranvías) de todo el país se vio gravemente afectado o simplemente se detuvo. Los trabajadores ferroviarios informaron de una participación en la huelga de entre el 60 y el 70 %. Por primera vez en mucho tiempo, los activistas sindicales del transporte público de Bruselas establecieron piquetes frente a diversos depósitos de locomotoras.
El segundo día, todos los servicios públicos se unieron a los trabajadores del transporte público que continuaban la huelga. Y el tercer día, todos los sectores económicos del país (privados y públicos) se vieron gravemente afectados o incluso paralizados. En el sector industrial, los piquetes desempeñaron solo un papel formal, ya que la mayoría, si no todos, los trabajadores participaron en las huelgas.
El gobierno intentó invisibilizar la huelga en los medios de comunicación anunciando un acuerdo sorpresa sobre el presupuesto a las 6 de la mañana del primer día. Como era de esperar, los medios de comunicación siguieron el juego a De Wever y Bouchez. A final de cuentas, la violencia de los nuevos ataques reforzó la movilización obrera. Los tres días de huelga son probablemente los más importantes de los últimos 30 años.
Lo primero que ha demostrado esta poderosa ola de lucha de clases es la fuerza de la clase obrera cuando entra en acción. Nada se mueve sin el trabajo de nuestra clase. Esto ilustra una vez más cómo la clase obrera es la clase más importante y poderosa de la sociedad. Los empresarios no son más que parásitos sin utilidad social real.
En segundo lugar, estas huelgas ponen de relieve la enorme indignación que se ja gestado en amplios sectores de la sociedad. No solo los trabajadores, sino también, cada vez más, los pequeños comerciantes se están oponiendo al gobierno.
Otro punto fuerte es la unidad entre las confederaciones sindicales, así como entre los sectores público y privado, y entre Flandes, Bruselas y Valonia. Esto es notable en un país donde las divisiones lingüísticas y comunitarias son alimentadas por los diversos partidos burgueses, así como por los llamados partidos socialistas.
En muchos lugares, los sindicatos no se han limitado con hacer huelga en sus centros de trabajo, sino que también han organizado bloqueos parciales y totales de zonas industriales y grandes centros logísticos. Por ejemplo, los dos aeropuertos más transitados de Bélgica –Bruselas y Charleroi– quedaron casi totalmente paralizados, y ambos tuvieron que cancelar todas las salidas. También se bloquearon los puertos, y se suspendieron casi todas las salidas y llegadas de Amberes y Gante, dos de los puertos más importantes de Bélgica. Los trabajadores de Bélgica han aprendido claramente de los métodos del movimiento «bloquear todo» que estalló en toda Europa el año pasado.
En varias ciudades han surgido piquetes volantes para apoyar a otros lugares de trabajo o sectores en lucha, como el sector minorista.
También es significativo que cuando las huelgas están bien preparadas, con una o más reuniones de todo el personal del centro de trabajo, la participación es mayor. Estas reuniones sirven, ante todo, para convencer a los trabajadores de la validez de la acción prevista, manteniéndolos informados y desenmascarando las mentiras del gobierno. No hay duda: este es el mejor método. Cuando este trabajo preparatorio no se realiza o se hace de forma apresurada, el apoyo de los trabajadores disminuye o desaparece por completo.
En Bruselas, los estudiantes universitarios y de secundaria, y sus colectivos de reciente creación, fueron fundamentales para apoyar algunas de las movilizaciones, dando a la huelga un grado adicional de combatividad. Cabe destacar que un grupo de rap, Achille et Tmoin, participó en numerosos piquetes. Sus canciones, Arizona Shoot y Grève Générale (Huelga General), se convirtieron en auténticos himnos populares de los huelguistas. Estas anécdotas apuntan a un hecho de gran importancia: las huelgas están atrayendo a sectores muy jóvenes.
En el Hospital Saint-Pierre, las comadronas estuvieron a la vanguardia de la lucha con una huelga de 36 horas contra «la mercantilización de la salud». En Bruselas también se observó cómo los trabajadores comenzaban a organizarse al margen de los sindicatos o de los colectivos de base de los sindicatos (Ecole en Lutte, Santé en Lutte, Université en Lutte, Commune Colère, etc.), aunque en esta fase siguen siendo una minoría dentro del movimiento.
Estas iniciativas ilustran la voluntad de algunos trabajadores —especialmente los jóvenes, que no participan en las estructuras sindicales— de tomar la lucha en sus propias manos, utilizando métodos de lucha más democráticos y radicales.
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Cabe destacar los tres días de bloqueos y ocupaciones por parte de los estudiantes y una parte del personal docente e investigador de la Université Libre de Bruxelles. Con la acertada decisión de ir a la huelga, lograron convertir la ULB en un hervidero de debate político e histórico y de agitación sin precedentes en la historia reciente de las luchas en Bélgica.
Una ola de lucha sin precedentes
La actual oleada de lucha no tiene precedentes en la historia del país. Ilustra la creciente indignación de todos los sectores de la clase trabajadora e incluso de las clases medias bajas. A esto se suman las 12 manifestaciones nacionales de solidaridad con Palestina que se han celebrado, la mayor de las cuales tuvo lugar en septiembre con 120.000 participantes, y la huelga de estudiantes y docentes a finales de octubre para exigir el fin de la colaboración de las universidades con Israel.
En solo unos meses, el gobierno ha conseguido alienar a parte de su electorado, que se ha dado cuenta de las descaradas mentiras de los partidos por los que votó. En caso de nuevas elecciones parlamentarias, las últimas encuestas de opinión apuntan a que los partidos de Arizona perderían su mayoría. La magnitud del descontento social también se expresa en la participación, incluso, de sectores del poder judicial, de la policía y del ejército en determinadas acciones sindicales.
Habría que remontarse a la década de 1960 para encontrar una secuencia de huelgas tan intensa como la de los días 24, 25 y 26 de noviembre. La «convocatoria de noviembre» fue el resultado de la fuerte presión ejercida por las bases sindicales, que se manifestó durante la mega-manifestación del 14 de octubre. Ese día, 140.000 personas de todo el país tomaron las calles de la capital. Más que una simple manifestación, fue una auténtica oleada social que inundó las calles de Bruselas.
Los equipos sindicales locales lograron claramente incorporar a compañeros que no estaban acostumbrados a participar en manifestaciones. Muchos se manifestaban por primera vez.
Otro rasgo notable de esta movilización —al igual que en las protestas antigubernamentales de febrero— fue la presencia alegre y combativa de numerosos jóvenes, estudiantes universitarios y de secundaria, junto a los sindicalistas.
Sin embargo los preparativos logísticos de los sindicatos no estuvieron a la altura de una multitud tan grande. Se registraron numerosos casos de manifestantes que no pudieron acceder a los trenes especiales ni a los autobuses sindicales para llegar a tiempo a la manifestación. Este es un ejemplo de cómo las bases están superando al liderato sindical conservador y su aparato, que claramente no esperaban una participación tan numerosa. A principios de este año, los docentes y bomberos flamencos dieron la misma sorpresa a sus líderes sindicales cuando más de 30.000 acudieron a una protesta «estática» en una plaza que era demasiado pequeña para acogerlos a todos.
La feroz represión policial contra una parte de la manifestación del 14 de octubre también dejó una huella indeleble en la conciencia de muchos participantes. Incluso un sindicato policial denunció la «violencia policial» dirigida contra los manifestantes. La policía no actuó por iniciativa propia. Más bien, respondía a la agenda política del gobierno: cualquier acción que no se ajustara al marco autorizado de protesta debía ser reprimida.
Se trata de una advertencia del aparato estatal para que no se imite el enfoque de «bloquear todo» de los trabajadores franceses e italianos. Para evitar que esta violencia policial se desate de nuevo contra los manifestantes, los trabajadores deben organizar su autodefensa, con delegados bien organizados y decididos.
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En el plano político, la ola de huelgas también está impulsando al Partido Socialista francófono en las encuestas. Más interesante es el avance del PTB/PVDA (Partido del Trabajo de Bélgica), que gana apoyo de forma constante en las encuestas. En Bruselas se ha convertido en el partido más popular, con más del 20 % de apoyo. Esto no es casualidad. El partido y sus miembros son muy activos y participan de forma visible en apoyo al movimiento sindical. El día de la huelga general del 26 de noviembre visitaron 700 piquetes diferentes.
Muchos activistas apoyan al partido. Sin embargo, la línea del partido es de apoyo acrítico a los líderes sindicales, precisamente en un momento en que en algunos sindicatos se libra un intenso debate interno sobre la estrategia de lucha. En este debate, el PTB/PVDA mantiene un notable silencio. Por ello, muchos trabajadores más jóvenes y radicales se han situado ahora a la izquierda del partido, al que perciben acertadamente como demasiado moderado.
Desprecio gubernamental
La huelga de tres días fue, por tanto, el resultado, por un lado, de la presión ejercida por las bases sindicales y, por otro, del desprecio del gobierno por las «costumbres» del llamado «diálogo social».
«Tras la histórica movilización del 14 de octubre, escribimos al primer ministro y a sus viceprimeros ministros solicitando una reunión para transmitirles las preocupaciones y el descontento de la población», confirma Olivier Valentin, secretario general de la confederación sindical liberal CGSLB (Confederación General de Sindicatos Liberales de Bélgica). «Ninguno de ellos se dignó a responder».
Este lamento por la ausencia de «diálogo social» y la «ruptura del contrato social» no es exclusivo de los sindicatos liberales. Las mismas quejas se han escuchado en la cúpula de la FGTB (Federación General del Trabajo de Bélgica) y la CSC (Confederación de Sindicatos Cristianos), las dos federaciones sindicales más grandes del país. Quejarse porque el gobierno no responde a una carta demuestra cómo los líderes sindicales han fetichizado el «diálogo social». Para ellos, las relaciones laborales «deberían» gestionarse mediante acuerdos de caballeros entre los empresarios y los dirigentes sindicales.
Sin embargo, la crítica de los sindicatos contiene una verdad importante: el gobierno ha inaugurado unilateralmente el fin de las «reglas» que han regido las «relaciones socioeconómicas» (las relaciones entre la clase trabajadora, sus organizaciones y los capitalistas) desde la Segunda Guerra Mundial. Esto ya era así con los gobiernos anteriores, pero ahora ha tomado una forma más evidente.
El colapso a nivel internacional del «orden basado en normas» va de la mano del colapso del «orden basado en normas» entre las clases. Ahora se ha acabado la «tregua» entre las clases o, para ser más precisos, se ha acabado la «tregua» por parte de la clase dominante. Mientras tanto, los dirigentes y muchos activistas sindicales siguen aferrados a las antiguas reglas.
Lamentar la muerte del diálogo social equivale a no comprender que el gobierno ha declarado la guerra a la clase obrera y a sus organizaciones. Es no comprender la naturaleza de la crisis del capitalismo y la consiguiente necesidad imperiosa del sistema de recuperar todo lo que ha conquistado el movimiento obrero desde la Segunda Guerra Mundial. Ante esto, el movimiento sindical debe adoptar una postura firme e intransigente en el terreno de la lucha de clases.
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Las organizaciones sindicales, desde las direcciones nacionales hasta los delegados de base, deben abandonar la ilusión del diálogo social, que siempre ha carecido de cualquier contenido progresista. El objetivo de la lucha no puede ser encontrar «ajustes» a las medidas anunciadas, ni hacerlas más «equilibradas». Hay que poner fin a la austeridad, y esto solo se puede lograr con la caída de este gobierno y la formación de un gobierno de los trabajadores.
Por una evaluación honesta
A pesar de las fortalezas del movimiento huelguístico, también debemos abordar sus debilidades. No somos aduladores del movimiento social. Para avanzar, el movimiento no necesita elogios ni halagos. Necesita una evaluación honesta. Eso es lo que intentaremos hacer.
Las dos primeras debilidades del movimiento son la falta de un programa militante de reivindicaciones y de un auténtico plan de acción. Los sindicatos no han logrado ponerse de acuerdo sobre un programa de este tipo. Necesitamos urgentemente un programa militante de reivindicaciones que mejore de inmediato la situación de la clase trabajadora. Este programa debe difundirse entre todos los sectores de la población.
En nuestra opinión, debe incluir el fin de la congelación salarial, el retorno a un sistema de indexación salarial no manipulado, el fin de la persecución de los desempleados y una reducción drástica de la jornada laboral a un máximo de 30 horas semanales. También debe incluir el derecho a jubilarse a los 60 años (como máximo), un aumento masivo del número de empleados públicos, la contratación de personas desempleadas en el marco de grandes proyectos de obras públicas y la nacionalización (bajo control obrero) de todas las grandes empresas que están despidiendo trabajadores o que están amenazando con cerrar.
Está claro que no será el gobierno «Arizona» de los ricos el que aplique un programa de este tipo.
En cuanto al programa de acción, la dirección sindical ha ido tanteando el terreno durante un año, dejando pasar demasiado tiempo entre una movilización y otra. Como escribió un activista sindical:
«¿Y ahora qué? Tenemos que regresar de inmediato a la primera línea; esperar hasta enero para volver a movilizarnos es arriesgado. Los trabajadores exigen acción; quieren avanzar porque entienden lo que está ocurriendo. Eso en sí mismo ya es una victoria. Estamos esperando a ver qué pasa después. No reaccionar de inmediato también corre el riesgo de decepcionar a los afiliados».
Huelga activa
Entre otras debilidades, cabe destacar el peso de las prácticas sindicales rutinarias orientadas únicamente a movilizar a los delegados sindicales para los piquetes de las empresas o los bloqueos. Con demasiada frecuencia, la instrucción que dan los delegados sindicales a los trabajadores que quieren hacer huelga es: quédate en casa. La huelga se convierte entonces en un ejercicio muy pasivo para la masa de trabajadores, cuando debería ser una tarea colectiva activa.
Este aspecto no debe subestimarse. Si queremos continuar la lucha con huelgas que se prolonguen durante varios días, o incluso huelgas renovables, debemos hacer todo lo posible para involucrar activamente al mayor número posible de trabajadores. Para ello, debemos invitar y animar a los compañeros a que acudan a los piquetes y bloqueos. Para ello, es muy útil formar un comité de huelga, elegido en una asamblea general, compuesto por activistas experimentados y compañeros que no ocupen cargos sindicales que quieran participar.
Los piquetes volantes también son una buena forma de involucrar a los huelguistas. Después de las rondas de piquetes, sería una buena idea organizar mítines o manifestaciones en el centro de la ciudad, como hizo el sindicato socialista de servicios públicos en Gante, que reunió a 1000 manifestantes. Los piquetes de huelga también son a menudo «aburridos» y carecen de entretenimiento. Hay que prestar especial atención a la preparación de un piquete con comida y bebida, música y debates políticos.
¿Y ahora qué?
Muchas personas se preguntan qué va a pasar ahora. Con estos tres días de huelga, la presión social ha aumentado considerablemente. De eso no hay duda. El gobierno finge no haber visto nada, pero eso no es cierto. Nos ven, nos oyen y sienten claramente la presión. Pero eso no es suficiente. ¿Tenemos que añadir un cuarto o quinto día de huelga general para que el Gobierno abandone sus medidas de austeridad? Esa no es la pregunta correcta.
En primer lugar, para acabar con la austeridad, el gobierno debe caer. Algunos afirman que ningún gobierno en Bélgica ha sido derrocado por un movimiento social. Eso no es cierto. En 1977, un plan de cinco días de huelgas rotativas selló el destino del gobierno de Tindemans, que dimitió en abril de ese año. En 1961, el gobierno de Eyskens también dimitió tras cinco semanas de huelga general. Así que ahora también es posible.
Cuando los líderes sindicales mencionan la posible caída del gobierno, lo hacen con timidez, insinuando la necesidad de nuevas elecciones sin la más mínima perspectiva más allá de castigar a los partidos de Arizona. Lo que realmente les gustaría es que el Parti Socialiste, de habla francesa, entrara en una nueva coalición con los partidos de derecha para «moderar» la austeridad de estos últimos. De hecho, esa perspectiva no entiende en absoluto de dónde viene la austeridad: no es simplemente el punto de vista ideológico del gobierno de Arizona, sino una exigencia absoluta de la lógica del capitalismo.
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Hay que derrocar al gobierno y poner en su lugar a un gobierno obrero dispuesto a romper con el capitalismo. Para lograr la caída del gobierno, es necesario que haya un movimiento de huelgas renovables en sectores económicamente estratégicos. ¿Están los trabajadores preparados para este tipo de movimiento? A primera vista, parece que no. La dinámica del movimiento obrero no responde al chasquido de los dedos.
Como explicaron nuestros compañeros en Francia en un muy buen editorial en septiembre, tras el surgimiento del movimiento Bloquons Tout! («Bloquear todo»):
«Un buen programa es esencial, pero no es una varita mágica con la que se pueda movilizar instantáneamente a las masas. Este programa debe llevarse a todos los rincones del país, empresa por empresa, distrito por distrito, como parte de una vasta campaña de agitación.
«Una campaña de este tipo es también la mejor manera de evaluar con precisión la militancia de las diferentes capas de la clase obrera. En 1935, León Trotsky escribió sobre la situación en Francia:
«¿Es posible una huelga general en un futuro próximo? No hay una respuesta a priori a esta pregunta […]. Para obtener una respuesta, hay que saber cómo formular la pregunta. ¿Quién? Las masas. ¿Cómo preguntarles? A través de la agitación.
«La agitación no es solo un medio para comunicar ciertas consignas a las masas, para llamar a las masas a la acción, etc. La agitación es también un medio para que el partido escuche a las masas, evalúe su estado de ánimo y sus pensamientos y, en función de los resultados, tome determinadas decisiones prácticas. […] Para los marxistas, para los leninistas, la agitación es siempre un diálogo con las masas, [un diálogo que debe permitir proporcionar] los detalles necesarios, en particular en lo que se refiere al ritmo del movimiento y las fechas de las acciones importantes».
«Una gran campaña de agitación permitiría determinar qué sectores de la clase obrera están maduros para la acción y cuáles aún dudan y necesitan ser convencidos. Sin un estudio sistemático de toda la clase obrera, no es posible elaborar un plan de batalla sólido.
Por supuesto, se trata de una tarea larga y ardua. Es más fácil, pero mucho menos concluyente, lanzar llamamientos a una «huelga general» a los cuatro vientos. Como señaló Trotsky, de nuevo en relación con Francia: «Una victoria revolucionaria solo es posible tras un largo período de agitación política, un largo período de educación y organización de las masas».
Para avanzar en esta dirección, una nueva huelga general, de 48 o 72 horas, sería un paso adelante. Alternativamente, un plan de huelgas regionales rotativas, que culmine en una huelga de 48 horas, también sería un avance. Pero estas deben llevarse a cabo siempre con la perspectiva de preparar una huelga general renovable, en torno a un programa militante, para la caída del gobierno y para la instauración de un gobierno obrero.
Necesidad urgente de resolver el estancamiento estratégico
Las dos principales federaciones sindicales han anunciado ahora una nueva manifestación nacional «monstruosa» para el 12 de marzo. También se están preparando huelgas y manifestaciones regionales para febrero. Los profesores franceses, que han sufrido graves ataques por parte del gobierno regional, están organizando una manifestación nacional para el 25 de enero [4]. Al día siguiente, el frente unido de los cinco sindicatos de trabajadores ferroviarios iniciará una huelga de cinco días. [5]
El año comenzó con fuerza cuando los bomberos de Bruselas decidieron ampliar su huelga de cuatro a 24 horas. El ambiente se está caldeando de nuevo. Pero el gobierno federal parece haber resistido la presión de la lucha de clases, a pesar de las sucesivas crisis internas… por ahora. Un informe reciente del banco belga ING señala lo siguiente:
«A pesar de las tensiones sociales y la oposición política, el gobierno permanece intacto, lo que envía una señal positiva, especialmente en comparación con Francia, que recientemente rechazó su presupuesto para 2026. Sin embargo, persisten retos importantes y serán necesarias nuevas reformas para garantizar la estabilidad fiscal, especialmente ante las posibles crisis económicas de los próximos años».
El plan de acción de los sindicatos no está a la altura de la tarea de derrocar al gobierno. En realidad, no quieren que eso suceda. Este es el significado de la perspectiva «a largo plazo» que ofrecen los dirigentes sindicales:
«Estamos inmersos en una maratón. Nuestra lucha es una lucha larga. No dejaremos de protestar en los próximos años…».
Pero los inevitables nuevos ataques en el próximo período pueden empujar a la clase obrera y a sus sindicatos a contraatacar de manera sorprendente, y podrían provocar la caída del gobierno. No es casualidad que la huelga general de cinco semanas del invierno de 1960-61 haya vuelto a ser tema de conversación entre un sector de jóvenes y trabajadores políticamente avanzados. Cualquiera que sea el desenlace inmediato de la lucha de clases, una nueva capa de estudiantes y trabajadores está sacando conclusiones muy radicales. A ellos es a quienes se dirige la sección belga de la Internacional Comunista Revolucionaria.
NOTAS:
[1] Gabinete de gobierno de coalición de cinco partidos dirigidos por el primer ministro Bart De Wever, nacionalista flamenco de derecha.
[2] Nota editorial: Luego de redactado este artículo, las cinco uniones que representan trabajadores ferroviarios realizaron una huelga de cinco días entre el 25 de enero y el 30 de enero de 2026.
[3] La escala móvil de salarios en Bélgica es un mecanismo automático de indexación que ajusta los salarios, beneficios sociales y el salario mínimo (SMI) de acuerdo con la evolución del índice de precios al consumo (inflación). Este sistema pretende evitar evitar la pérdida de valor adquisitivo de los salarios.
[4] Nota editorial: El domingo 25 de enero de 2026 unas 10.000 personas marcharon por Bruselas en defensa de la educación pública y contra las políticas que perjudican a estudiantes y trabajadores de la educación.
[5] Ver nota #2





