Estado Español, a 40 años del 23-F: el miedo a la respuesta popular derrotó el golpe

Por David Rey

Hoy 23 de febrero se cumplen 40 años del intento de golpe de Estado encabezado por los generales Armada y Milans del Bosch, y el teniente coronel de la Guardia Civil, Antonio Tejero. Documentos relevantes permanecen ocultos como “secretos oficiales”, si no han sido destruidos. Aquí, trataremos de exponer el contexto que condujo a ese acontecimiento, los hechos principales y el oscuro papel de Juan Carlos en todo esto.


El contexto del 23F

A finales de la Transición (1975-1982) había un hervidero de conspiraciones golpistas. El contexto existente era propicio para ello. Tras la traición de los dirigentes del PCE y del PSOE a las enormes expectativas de cambio de la clase trabajadora tras la muerte del dictador, y su aceptación de los pactos sociales para hacer pagar a las familias obreras las consecuencias de la crisis capitalista, con su enorme desempleo e inflación, se instaló un ambiente de desmoralización profunda y un abandono de la lucha.

Sin embargo, la derecha y la clase dominante española carecían de una base de masas sólidas para dar estabilidad al gobierno de Adolfo Suárez y de la UCD. A eso se añadía el agravamiento de la cuestión nacional vasca y el recrudecimiento de las acciones de ETA, así como de los grupos fascistas. En esta situación, el aparato del Estado tendía a elevarse por encima de la sociedad para imponer el “orden”.

Entre bambalinas, algunos sectores propugnaban un gobierno de “unidad nacional” cívico-militar. En el centro de estas componendas se situaba Juan Carlos y su círculo íntimo, que alentaban el ambiente de descontento de la cúpula militar.

A principios de 1981, el agotamiento y la impopularidad del gobierno de Adolfo Suárez se acrecentaban cada día. El aislamiento de Suárez en el seno de la UCD y el desprecio que suscitaba en los sectores decisivos de la burguesía y del aparato del Estado lo llevaron a dimitir a principios de febrero. En una encuesta realizada por la revista Cambio 16 en esos días, un 59% de los encuestados estaba de acuerdo con la dimisión y un 26% pensaba que tenía que haber dimitido antes. Resulta por tanto, esperpéntico y bochornoso que en estos momentos se intente reescribir la historia alabando a Suárez y a la UCD, cuando éstos abandonaron la escena de la historia odiados y despreciados por millones de trabajadores y jóvenes.

El papel ambiguo del Rey

Mientras se estaba votando la elección de Leopoldo Calvo-Sotelo como nuevo presidente del Gobierno de la UCD, en sustitución de Suárez, decenas de guardias civiles ocuparon el Congreso de los Diputados a punta de metralleta. Al mismo tiempo, el General Milans del Bosch sacaba los tanques a la calle en Valencia, asumiendo el control de la ciudad y prohibiendo los partidos y sindicatos obreros.

No cabe ninguna duda de que los principales jefes militares estaban al tanto de los preparativos del golpe, incluyendo al círculo íntimo del Rey, en la persona del general Armada, uno de los estrategas del golpe, Jefe de la Junta de Jefes del Estado Mayor, acérrimo monárquico y tutor de Juan Carlos en su juventud.

De hecho, la actitud ambigua del Rey en las primeras horas del golpe aumentó la idea del apoyo real a los golpistas en un sector del ejército que dudaba en sumarse o no. No deja de ser sorprendente que, mientras que Tejero entró en el Congreso a las 6,20 de la tarde, Juan Carlos no saliera públicamente en televisión pronunciándose contra el golpe ¡hasta pasadas las 12 de la noche! Algunos tratan de justificarlo afirmando que la televisión estuvo ocupada por los militares hasta últimas horas de aquella tarde, pero olvidan convenientemente que el Palacio de la Zarzuela, residencia de Juan Carlos, tiene su propia infraestructura autónoma capaz de emitir por televisión. E igualmente, podía haber circulado un comunicado a las radios y periódicos. Nada de esto hizo.

Un golpe prematuro – por qué fracasó

Frente a las figuras esperpénticas, como Tejero y otros, entre los organizadores del golpe existía un consenso para organizar un gobierno de carácter bonapartista, similar a la dictadura de Primo de Rivera de 1923, con la inclusión en el mismo de militares y civiles. Lo más escandaloso del asunto fue la filtración posterior de una entrevista, celebrada días antes del golpe, entre Armada y Enrique Múgica (uno de los principales dirigentes del PSOE entonces) donde, al parecer, este último se mostraba favorable a un Gobierno “fuerte” que incluyera militares y miembros de la UCD y del PSOE para «salvar el país». Esto demostraba lo lejos que había llegado la degeneración de determinados miembros de la dirección del partido, su pérdida de horizonte político y su identificación con el Estado burgués, al prestarse a este tipo de enjuagues que podrían haber tenido dramáticas consecuencias para la clase obrera y sus organizaciones.

En la medida que gran parte de material del 23F (conversaciones telefónica de Juan Carlos con el general Armada, y otros, fundamentalmente; pero también otros documentos) permanezca secreto si no ha sido ya destruido, nunca tendremos todos los detalles relacionados con la intentona; pero sí se puede reconstruir en líneas generales con el material accesible del juicio del 23F, declaraciones de testigos, memorias, etc. De gran interés resulta el testimonio del entonces Jefe de la casa Real, Sabino Fernández Campos, recogido por el exdirigente del PNV, Iñaki Anasagasti, del cual no hay motivo aparente para dudar, más allá de que Fernández Campo le contara a Anasagasti todo lo que sabía y de manera fidedigna. Lo cierto es que reconoce una complicidad del rey con los conspiradores. Y hasta la fecha, Anasagasti no ha recibido denuncias por calumnias ni por parte de la casa Real ni de la familia de Fernández Campo.

Como explica de manera espléndida y excelentemente documentada el historiador y teórico marxista británico Alan Woods, en su reciente y prolijo libro Spain’s revolution against Franco: The Great Betrayal (que será publicado este año en castellano), el plan original era la ocupación “pacífica” del edificio del Congreso, al que acudiría el general Armada, para imponer su nombramiento como presidente del gobierno ante el “desgobierno” del país. El plan incluía una lista de nombres, civiles y militares con inclusión de personalidades de derecha e izquierda. Todo esto de acuerdo con Juan Carlos. Lamentablemente para los conspiradores, Milans del Bosch se adelantó sacando los tanques en Valencia antes de la llegada de Armada al Congreso y, para peor, Tejero ocupó el edificio a tiros de metralleta, insultos y violencia; y se negó a dejar entrar a Armada al Congreso tras conocer los planes de limitar el golpe a un gobierno «cívico-militar». De esta manera, todo el plan saltó por los aires, estropeando el plan de instaurar dicho gobierno cívico-militar (en esencia, bajo la bota del ejército) de apariencia “pacífica” y con el consenso (real o fingido) de las principales fuerzas políticas para que fuera aceptado lo más naturalmente por la población.

Armada tuvo que abortar la operación y Juan Carlos se desentendió de todos para salvar su pellejo, mientras se tomó varias horas para maniobrar con los militares. Seguramente, los grandes jerifaltes de la banca, la industria y los medios de comunicación, forzaron a Juan Carlos a cancelar sus planes aventureros por miedo a la respuesta popular. Sólo una vez que la victoria del golpe estuvo completamente descartada fue cuando el hoy «emérito» salió en TVE para hacer el papel de “salvador de la democracia” que los cobardes dirigentes del PSOE y del PCE de entonces promocionaron durante años.

Aunque la clase obrera fue cogida por sorpresa por el golpe, algunos núcleos de la misma llegaron a la conclusión ese mismo día de la necesidad de armarse para defenderse de las golpistas. Esto sucedió en algunos pueblos jornaleros de Andalucía, como Badolatosa (donde se organizaron partidas de vigilancia en los accesos del pueblo, mientras que los vecinos se intercambiaban escopetas de caza y cartuchos), y entre los mineros asturianos. A pesar de la confusión y de que los máximos dirigentes sindicales no dieron ni una sola consigna, durante esa tarde-noche y al día siguiente hubo paros y asambleas en decenas de empresas (Hunosa, Gijón, Avilés, Santander, Álava, Sevilla, Navarra, Barcelona y Madrid), y en Catalunya CCOO tenía previsto convocar la huelga general al día siguiente.

Así pues, si el golpe fracasó, no fue debida a las convicciones democráticas de Juan Carlos, sino porque los sectores decisivos de la burguesía comprendieron que era prematuro, y se corría el riesgo de provocar un enfrentamiento con la clase trabajadora que resultaría muy peligroso para la burguesía, y por esa razón movilizaron todos sus resortes para poner fin a la aventura.

Las manifestaciones que recorrieron todo el país el día 26 de febrero, convocadas formalmente por todos los partidos pero cuyo contingente fundamental estaba formado por trabajadores y sus familias, fueron las más multitudinarias de toda la historia. Más de tres millones de personas participaron en las mismas. Madrid, con un millón y medio, y Barcelona, con medio millón, fueron las más numerosas.

Después del golpe

La actitud tranquilizadora de los dirigentes, negándose a movilizar a la clase trabajadora y a la juventud con cada asesinato y tortura de los cuerpos represivos y de los fascistas, no hacía más que envalentonar a estos últimos y a los elementos claramente reaccionarios de la casta militar.

A los pocos meses, cien oficiales del ejército y la Guardia Civil publicaron un manifiesto donde manifestaban su «comprensión» a los golpistas y se pronunciaban contra la democratización del ejército y a favor de la «autonomía con respecto al poder político». La única respuesta de Calvo Sotelo fue catorce días de arresto domiciliario para unos pocos.

Como una muestra más de las continuas provocaciones de la ultraderecha y de la casta militar, el 23 de mayo un grupo de fascistas, compuesto por guardias civiles y lúmpenes, asaltaron la sede del Banco Central en Barcelona tomando más de un centenar de rehenes y exigiendo la libertad de los detenidos en relación al 23-F. Nunca se quiso aclarar la auténtica identidad de los asaltantes que quedaron en libertad, en su mayoría después de ser detenidos por los GEO.

El juicio del 23-F, que duró varios meses, dejó claro que la justicia militar, con la complicidad del gobierno, no pretendió jamás ir hasta el fondo del asunto. Sólo fueron condenados a penas significativas los cabecillas: Armada, Milans y Tejero, los cuales diez años más tarde ya estaban en libertad o yendo sólo a dormir a la cárcel. Las decenas de implicadas, militares y civiles, fueron condenados a penas simbólicas o absueltos.

La sustitución de Suárez por Calvo Sotelo no sirvió para salvar a UCD. El fracaso en las elecciones gallegas de octubre de 1981 y andaluzas de mayo de 1982 propició un nuevo estallido en su seno.

Una serie de escisiones hacia la derecha y la izquierda en la UCD obligaron a Calvo Sotelo a convocar elecciones anticipadas. De esta manera, la UCD, el partido principal de la burguesía española, terminó desintegrándose por completo. El terreno quedaba preparado para la aplastante victoria del PSOE en octubre de 1982 que ponía fin, oficialmente, a la Transición.

Lecciones

40 años después, nada cambió fundamentalmente en el ejército que sigue siendo franquista. Ha retornado el ruido de sables, y el papel de la monarquía como pivote de la reacción se ha acrecentado. Total desconfianza hacia el ejército y los cuerpos policiales, y máxima confianza en la capacidad revolucionaria de la clase trabajadora, son la única garantía para quebrantar futuras amenazas de golpe y demoler este aparato de Estado reaccionario.

Deja un comentario