Por: Nicolás Cordero
“El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado» es un libro escrito por Federico Engels en 1884. Está basado en la obra de 1877 “La sociedad antigua” de Lewis Henry Morgan, escritor estadounidense considerado uno de los fundadores de la antropología. Morgan, que pudo estudiar la cultura viva de los indígenas iroqueses, planteó ideas que posteriormente Engels expandió.
Este libro nos da una máxima que podemos ver aplicada en todos los tiempos, en todas las culturas, en todos las civilizaciones que han existido. Y es “todo conflicto humano se basa en la lucha por los medios de producción”. Esto significa, el fruto del Edén, la fuente de toda discordia, en el fondo, por la administración y reproducción de los recursos. Los conflictos no son por amor, por ambición ciega, por malicia, por fanatismo religioso, por cumplimiento del deber o por patriotismo.
¿Y qué son “medios de producción”? Son herramientas, objetos e incluso personas que producen bienes de consumo. Tu computadora, tu vehículo de transporte personal, tu casa de habitación y tu cepillo de dientes no son medios de producción porque no los usas para generar nada: son para tu consumo y uso propio. Haciendas, terrenos, esclavos, fábricas, puertos, carruajes, caballos, ovejas etc. son medios de producción, que se usan para generar cosas. Un anillo de oro, usado como joya, y una moneda de oro, usado como medio de cambio, a pesar de ser ambos de oro no son equivalentes.
En un inicio, el ser humano vivía como cualquier otro mamífero sobre la tierra: en la horda. En el grupo desordenado sin tabús, sin organización. En esta anarquía natural no habían reparos con respecto a lo que nosotros llamamos incesto, lo que llevaba a defectos y deformidades genéticas. Cualquiera que haya tenido algún perro “de raza” sabe la enorme cantidad de enfermedades a las que son propensos. Esto es porque estos animales son forzados por sus criadores al incesto mas abjecto para conservar características estéticas para la satisfacción humana. Lo mismo ocurre con los humanos: el faraón Tutankamón, hijo de dos hermanos de padre y madre, estaba plagado de defectos, así como la dinastía europea de los Habsburgo, que casaban tíos con sobrinas y primos hermanos entre sí.
El primer cambio fue el tabú de emparejar descendientes y ascendientes. De ahí el oprobio universal de Edipo y Electra. Pero los frutos malogrados entre hermanos y entre primos llevó a un segundo cambio: tu familia es el fruto de tu madre, y de la madre de tu madre. Nadie puede asegurarte, antes de los exámenes de ADN, que eres hijo de tu padre; podrías ser hijo de tu tío, o del vecino. Pero nadie puede dudar que seas hijo de tu madre. Por lo que el vínculo materno no se cuestiona. Aquí nacen las gens, las familias matriarcales.
Estas gens eventualmente se emparejan con gens vecinas, otras líneas matriarcales sin parentesco. Y estos dos grupos suelen emparejarse, donde todos los miembros de la gens se presumen pareja de la otra. A este arreglo se le conoce como gens punalúa, basado en grupos hawaianos que observaban esta costumbre durante el siglo 19 y espantaban a los europeos que lo presenciaban. Lo que era promiscuidad era, en el fondo, una manera de evitar el incesto. Ésta fue la segunda transformación de la sociedad.
La tercera transformación se dio cuando se consolidaron grupos alrededor de una mujer que vive con sus hijas, las que atraen a hombres con los que formar familia. Así, tus primos maternos no pueden ser sus compañeros de vida, y los hombres son los que deben aventurarse fuera de su familia en busca de un grupo matriarcal donde incorporarse.
Éste modelo es conocido como gens iroquesa, y lo podemos ver en la naturaleza: elefantes, leones, osos, orcas, lobos, entre otros. Se replica en la naturaleza porque evita deformidades genéticas causadas por el incesto.
En esta posición, la mujer es la dueña del hogar y la artífice de la tecnología del hogar: fueron las mujeres las encargadas de la fabricación de alimentos, pinturas, prendas y avances tecnológicos. Dado que ellas eran el eje de su cultura, su seguridad era prioridad. Mientras tanto, el hombre tomaba el riesgo de la recolección y la caza.
Esta sociedad matriarcal era necesariamente precaria: no habían excedentes para años futuros: se vivía del día a día. Los terrenos eran compartidos y trabajados en familia y comunidad. No había fuerza de parte de un individuo para reclamar la tierra como suya, o para sobrevivir en solitario. Cada grupo vivía de los frutos del trabajo de sus integrantes: la producción se distribuía dependiendo de las necesidades de cada familiar, procurando que nadie pasase precariedad. Por esto esta época prehistórica la denominamos “comunismo primitivo”.
La inicial división de tareas puso a los varones en la frontera, con el incentivo de mejorar su condición precaria. Y fue aquí donde se domesticaron los primeros animales en el viejo mundo: perros, caballos, vacas, ovejas, cerdos. Amaestrar estos animales resultó de extrema utilidad al hombre, pero también exige alimentos extra para su manutención. Aquí nace la agricultura, aprovechando la fuerza de la mano de obra animal. Y se experimenta un boom en la producción: mucho grano y muchos animales. Pero también, mucho trabajo. Si tan solo se pudieran domesticar seres humanos para que hicieran todo el trabajo… Y nace aquí la esclavitud, que es la domesticación del ser humano por otro ser humano. Por lo que la domesticación de animales, la agricultura y la esclavitud nacieron casi al mismo tiempo, una siendo consecuencia y prerrequisito de la otra, en una continua curva de desarrollo.
En el nuevo mundo vemos otro panorama, que nos ayuda a llenar los espacios vacíos de las culturas ágrafas precolombinas. Sin animales de carga que preparen el terreno, la agricultura a gran escala fue extremadamente rara en las Américas. Pero hallamos a Teotihuacán, Tikal, Cuzco, Tenochtitlán y muchas culturas monumentales con ciudades que evidencian una gran población que exigiría una gran agricultura. En el caso de los primeros dos, ciudades abandonadas misteriosamente, se puede teorizar que la calamidad que destruyó tales civilizaciones fue… la esclavitud que ejercieron sobre sus vecinos. Esta desigualdad social los llevó a erigir monumentos legendarios y tremendos beneficios a cambio de inestabilidad. Ante una sequía o desastre menor, con el agravio de la desigualdad e inestabilidad, sus ciudades fueron abandonadas, en un patrón similar a las culturas de la era del bronce del viejo mundo. De igual manera, Tenochtitlán y Cuzco sometieron a sus vecinos, y cuando los españoles aparecieron en escena, los indígenas no dudaron en unírseles para saldar cuentas pendientes.
Un detalle que quisiera subrayar es que no pueden existir monumentos sin los trillizos domesticación-agricultura-esclavitud. Si bien es cierto que los constructores de las pirámides no eran esclavos sino trabajadores a sueldo, eran esclavos los que trabajaban en los campos para asegurar la cebada en su cerveza. Esto nos da una luz en la oscuridad de Stonehenge, los dólmenes prehistóricos alrededor del mundo, los Moa de la isla de Pascua, la Gran Muralla China, etc. No fueron extraterrestres los que construyeron estos monumentos: fueron esclavos, o personas libres que depositaron sus responsabilidades en esclavos. Tenemos que tener esto en cuenta cuando veamos la belleza de la arquitectura griega, los imponentes acueductos romanos y los frutos de la ciencia, tecnología y arte.
En el comunismo primitivo los sucesores naturales de un hombre no son sus hijos, dado que nadie puede asegurarle que sean en efecto sus descendientes, sino los hijos de su hermana. Los hombres con más animales, grano y esclavos heredan entonces a sus sobrinos y los bienes continúan en la gens. Pero eventualmente los hombres tomaron conciencia de su propiedad. Y minaron la herencia matrilineal en beneficio de sus propios hijos. Para esto había que asegurar que los bebés de una mujer sean solamente suyos. Y en este escenario nace la esclavitud reproductiva de la mujer, que pasa de ser dueña del hogar a vientre de descendencia legítima. Aquí nace el matrimonio y la opresión a la mujer.
La invención del matrimonio impulsa el cuarto cambio: la gens griega, que es patriarcal. Junto con el nombre gens iroquesa, la gens griega no es exclusiva de un lugar y tiempo: se trata de un modo de organización que puede darse en cualquier momento y lugar. La gens griega receta monogamia para la mujer, dado que tiene la obligación de engendrar hijos para un hombre en específico,mientras que éste hombre puede disfrutar de cuantas parejas desee, siempre seguro que solamente sus hijos “legítimos” le heredarán.
La quinta transformación de la familia no ha ocurrido aún. ¿Será la monogamia igualitaria ante las presiones económicas? ¿Será el poliamor, para sostener un hogar entre cinco personas o más? Los cambios han tomado siglos, y la próxima transformación de la familia aún está en proceso.
Lo que sí queda claro es que la familia cambió de un grupo de supervivencia, apoyo y sentimentalismo (que hace posible los dos puntos anteriores) a pasar a ser una manera de administrar dinero y medios de producción. Los divorcios, peleas por herencias, violencia intrafamiliar, discriminación entre hijos y hermanos… todo gira no sobre el afecto, sino sobre intereses económicos.
Y aquí entra el Estado, que tampoco vela por la Patria, por el orgullo nacional, por la democracia, la representación o la Justicia. El Estado de Derecho, la Constitución, la supremacía de la Ley… Igual que la familia, vela por intereses económicos de una clase social sobre las otras clases. Si el Estado fuera patriótico, justo y equitativo sería una beneficencia pública. Y eso no genera efectivo, o “desarrollo”. Genera efectivo y desarrollo, para una clase social, el mantener un ejército laboral de reserva (desempleados), para amenazar a los trabajadores con el despido. Es lucrativo acumular tierra para cultivos comerciales como el azúcar y el café; dárselos a pequeños campesinos para su subsistencia es contraproducente. Y lo más absurdo es permitir la existencia de cooperativas de campesinos que le quiten espacio de mercado a agroempresas serias.
Así, el Estado es la tiranía de una clase sobre la otra. Y esto emula a la tiranía del hombre sobre sus animales, sus cultivos, sus esclavos, sus mujeres y sus hijos.
